sábado, 28 de agosto de 2010

El éxodo jujeño

El 23 de agosto el ejército patriota a las órdenes del general Manuel Belgrano comienza el heroico éxodo del pueblo jujeño en dirección a Tucumán en lo conoce como el “éxodo jujeño”. Ante la inminencia del avance de un poderoso ejército español desde el norte al mando de Pío Tristán, el 29 de julio de 1812, Belgrano emite un bando disponiendo la retirada general. La orden de Belgrano era contundente: había que dejarles a los godos la tierra arrasada: ni casas, ni alimentos, ni animales de transporte, ni objetos de hierro, ni efectos mercantiles. Para recordar este heroico episodio transcribimos a continuación el bando de Belgrano y unos fragmentos del libro Jujuy. Apuntes de su historia civil.
Fuente: Carrillo, Joaquín, Jujuy. Apuntes de su historia civil, Universidad de Jujuy, Jujuy, 1989, pág. 142-149.

Los días fastos en que el pueblo conmemoraba los sucesos nacionales habían ya sido cambiados. (…) En vez del natalicio de los reyes, comenzaba a marcarse en el calendario popular la festividad nacional del 25 de mayo, día de libertad y de esperanzas. Jujuy debía celebrarlo con pompa y solemnizarlo con una ceremonia memorable, que cumplió con entusiasmo sin igual en los períodos de sus glorias y sus trabajos. El 25 de Mayo era ocasión de reanimar con formalidades tocantes el espíritu que había comenzado a levantarse con la marcha del ejército sobre los territorios antes abandonados. El sentimiento patriótico de Belgrano tuvo fecundidad en la invención de una ritualidad patriótica para herir el corazón de los pueblos y retemplarlos en la fatiga, sublimándolos para el sacrificio en el ardor de las más rudas batallas.


Aquel día (25 de mayo de 1812) el ejército apareció de pie, en formación, cuando el horizonte, tiñéndose del albor esparcido por los rayos del sol naciente, parece abrirse como inmensa cortina, para que desperado el orbe eleve sus cánticos: en aquel momento resonó en la plaza municipal de Jujuy un himno enfático al Dios de la Libertad de América. Lo entonaba aquel pueblo cuyas masas alternaban con las compañías en organizaciones del ejército de Belgrano, y de cuya fraternización en el culto patriótico de aquel día, debía nacer la común resolución de mantener el juramento de ser libres. (…)


Aquel pueblo, que así se estremecía de júbilo, que por la multitud agrupada dejaba escapar las aclamaciones generales, y que por sus autoridades y Cabildo transmitía al jefe su incontrastable resolución de arrostrar el conjunto de los sacrificios que la causa imponía, aquel pueblo llenaba las cuadras designadas a sus bisoños soldados ciudadanos, con que se organizaba el Regimiento Nº 6, y cuya bandera, bendecida el 25, fue también mandada ocultar por el Gobierno. Belgrano la guardó con cariño para legarla al pueblo de Jujuy el día en que fuese coronada por los laureles de la victoria.


Cochabamba caía, cuando en Jujuy se enarbolaba y bendecía la bandera argentina, y se rehacía un tanto aquel ejército, aumentado por el número 6 de jujeños.
Manifiesto era que el itinerario de Goyeneche sería el día después de su triunfo sobre el pueblo de Cochabamba, el que lo condujese hasta los fogones del campamento de Belgrano, o a los tesoros abandonados de las provincias del valle argentino. Terminaba julio, y las avanzadas enemigas eran seriamente reforzadas. A los patriotas les vinieron también algunos fusiles, con los que prepararon a hacer algo, siguiendo a su jefe, que prefirió una retirada, como lo ordenaba el gobierno, y el abandono al enemigo de las poblaciones y ciudades de Jujuy y Salta. Pero no fue tan solo una retirada militar; ordenó un abandono del país a todos sus habitantes; un levantamiento de todo objeto de recursos, o su destrucción, si no era fácil su transporte.
El bando con que precedió su marcha retrógrada fue terrífico e hizo estremecer de ansiedad y amargura a la sociedad de Jujuy. Lo insertamos íntegro por su originalidad, y efectos que produjo.


Bando de Belgrano
“Don Manuel Belgrano, general en jefe… Pueblos de la Provincia: Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, en que se halla interesado el Excelentísimo Gobierno de las Provincias Unidas de la República del Río de la Plata, os he hablado con verdad. Siguiendo con ella os manifiesto que las armas de Abascal al mando de Goyeneche se acercan a Suipacha; y lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que viven entre vosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud.


”Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reunirnos al Ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres, trayéndonos las armas de chispa, blanca y municiones que tengáis o podáis adquirir, y dando parte a la Justicia de los que las tuvieron y permanecieren indiferentes a vista del riesgo que os amenaza de perder no sólo vuestros derechos, sino las propiedades que tenéis.


”Hacendados: apresuraos a sacar vuestro ganado vacuno, caballares, mulares y lanares que haya en vuestras estancias, y al mismo tiempo vuestros charquis hacia el Tucumán, sin darme lugar a que tome providencias que os sean dolorosas, declarandóos además si no lo hicieseis traidores a la patria.


”Labradores: asegurad vuestras cosechas extrayéndolas para dicho punto, en la inteligencia de que no haciéndolo incurriréis en igual desgracia que aquellos.


”Comerciantes: no perdáis un momento en enfardelar vuestros efectos y remitirlos, e igualmente cuantos hubiere en vuestro poder de ajena pertenencia, pues no ejecutándolo sufriréis las penas que aquellos, y además serán quemados los efectos que se hallaren, sean en poder de quien fuere, y a quien pertenezcan.


”Entended todos que al que se encontrare fuera de las guardias avanzadas del ejército en todos los puntos en que las hay, o que intente pasar sin mi pasaporte será pasado por las armas inmediatamente, sin forma alguna de proceso. Que igual pena sufrirá aquel que por sus conversaciones o por hechos atentase contra la causa sagrada de la Patria, sea de la clase, estado o condición que fuese. Que los que inspirasen desaliento estén revestidos del carácter que estuviesen serán igualmente pasados por las armas con sólo lo deposición de dos testigos.


”Que serán tenidos por traidores a la patria todos los que a mi primera orden no estuvieran prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen.


”No espero que haya uno solo que me dé lugar par aponer en ejecución las referidas penas, pues los verdaderos hijos de la patria me prometo que se empeñarán en ayudarme, como amantes de tan digna madre, y los desnaturalizados obedecerán ciegamente y ocultarán sus inicuas intensiones. Más, si así no fuese, sabed que se acabaron las consideraciones de cualquier especie que sean, y que nada será bastante para que deje de cumplir cuanto dejo dispuesto.


”Cuartel general de Jujuy 29 de julio de 1812”. Manuel Belgrano


Apenas se lee sereno aquella orden tremenda lanzada contra todo habitante, que sin distinción alguna, debía obedecerla o perecer. El terror del bando hizo su efecto, y como el general se prometía; no encontró resistencias para ser cumplido. (…)


El patriotismo y decisión hizo llevaderas las penurias de la emigración próxima; y “hasta las mujeres se ocupaban de construir cartuchos y animar a los hombres”, como dice también el historiador Mitre.


No se emprendió la marcha sino cuando se había preparado todo y el enemigo se encontraba próximo, adelantando sus partidas sobre las últimas guardias de las fuerzas que habían estado en Humahuaca. Estas sin perder formación, sufrieron la picada que las orgullosas partidas realistas les hacían y atravesaron por las inmediaciones de la ciudad sin que ni se les permitiese a los oficiales detenerse con cualquier objeto un solo momento en las casas de la población. El grueso de la columna había marchado el 23 y la vanguardia, convertida en retaguardia, pasaba en la tarde de ese día. Belgrano fue el último que abandonó la ciudad en la noche, incorporándose a las fuerzas antes del día siguiente. El enemigo se posesionó de aquella solitaria ciudad en medio de su total abandono. Estaba desierta y desmantelada, y espantado del aspecto tristísimo de aquellos hogares desamparados y de aquellas calles mudas y tristes, después de la agradable animación de otros tiempos, escribía el jefe Tristán a Goyeneche: “Belgrano es imperdonable por el bando del 29 de julio”, Cuando pasó sus ojos sobre aquel ultimátum le calificó de “bando impío”.


sábado, 21 de agosto de 2010

Los siete platos de arroz con leche

Autor: Lucio V. Mansilla

Lucio Y. Mansilla, sobrino carnal de Rosas, recibe en Londres la noticia del pronunciamiento de Urquiza. En diciembre de 1851 llega a Buenos Aires. Sombrero de copa, levita muy laga y pantalón muy estrecho.

«Ha llegado el niño Lucio». Urquiza está en camino.

-¿Y cómo está mi tío?» «¿Y cómo está Manuelita?», pregunta el recién venido.

Al día siguiente monta a caballo y va a pedir la bendición a su tío. Llegado allá, pregunta naturalmente por su prima.

-La niña está en la quinta.»

En efecto, en el llamado jardín de las magnolias está Manuelita rodeada de un gran séquito de admiradores, unos de pie, los otros sentados sobre el césped, «pero ella tenía a su lado, provocando las envidias federales y haciendo con su gracia característica, todo ameleochado, el papel de cavaliere servente», al sabio jurisconsulto don Dalmacio Vélez Sársfield».

Palermo no es el centro social repugnante que dicen los enemigos, aunque el Restaurador campea allí con sus bufones y su extraordinaria ordinariez.
«Rozas no es «un temperamento libidinoso, sino un neurótico obsceno.» Pero su hija es pura y afable. -

Llegar, verme Manuelita y abrazarme, fué todo uno.» Vuelven a los salones. El recién llegado pide ver a su tío. Su prima sale para volver al rato.
«Ahora te recibirá.»
El joven Lucio, que ha rehusado un asiento en la mesa, porque debe volver a cenar en su casa, espera. Sigue esperando varias horas... La mirada de su prima contesta., «Ten paciencia. Ya sabes lo que es tatita.» Regresa de nuevo, conduce al postulante a través de muchas estancias, diciéndole al fin: «Voy a decirle a tatita».

La pieza, sin alfombras, muestra lucientes baldosas, en una esquina, junto a una mesita de noche colorada, una cama de pino colorada con colcha de damasco colorado; en medio, una mesita de caoba con carpeta de paíío grana entre dos sillas de esterilla coloradas...

Yo me quedé en pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo advenimiento; porque aquella personalidad terrible, producía todas las emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y cuando se está en el santuario todo ruido es como una profanación, y aquella mansión era, en aquel entonces, para mí, algo más que un santuario.

Reinaba un profundo silencio, en mi imaginación al menos; los segundos me parecían minutos, horas los minutos. Mi tío aparece: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas; poco arqueadas, de movilidad difícil; de mirada fuerte, templada por lo azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades insondables; de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano; de labios delgados, casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones; sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible... Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, un traje que consistía en un chaquetón de pafio azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también; afíadid unos cuellos altos, pun- tiagudos, nítidos y unas manos perfectas como formas, y todo limpio hasta la pulcritud -y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción- y tendréis la vera efigies del hombre que más poder ha tenido en América

Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad: crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida:

-La bendición, mi tío.

Y él me contestó:
-¡Dios lo haga bueno, sobrino!

Sentóse incontinenti en la cama, que antes he dicho había en la estancia, cuya cama (la estoy viendo), siendo muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que me sentara en la silla que estaba al lado.
Nos sentamos... Hubo un momento de pausa, que él interrumpió, diciéndome:

-Sobrino, estoy muy contento de usted...-
Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted; porque cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o por alguna circunstancia del momento fingía no estarlo.

Yo me encogí de hombros, como todo aquél que no entiende el por qué de su contentamiento.

-Sí, pues -agregó-, estoy muy contento de usted (y esto lo decía balanceando las piernas que no alcanzaban al suelo, como ya lo dije), porque me han dicho -y yo había llegado recién el día antes. ¡Qué buena no sería su policía!- que usted no ha vuelto agringado.

Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la médula de los huesos todavía, y echando unos ternos que era cosa de taparse las orejas. Yo estaba ufano. No había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío.

-¿Y cuánto tiempo ha estado usted ausente? - agregó él. Lo sabía perfectamente. Había estado resentido; no, mejor es la palabra «enojado», porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo.

Cuando mi padre resolvió que me fuera a leer en otra parte el Contrato Social, veinte días seguidos estuve yendo a Palermo sin conseguir verlo a mi ilustre tío.

Manuelita me decía, con su sonrisa siempre cariñosa:
-Dice tatita que mañana te recibirá.

El barco que salía para Calcuta estaba pronto. Sólo me esperaba a mí. Hubo que empezar a pagarle estadías. Al fin mi padre se amostaz6 y dijo-.
-Si esta tarde no consigues despedirte de tu tío, mañana te irás de todos modos; ya esto no se puede aguantar.

Mas esa tarde sucedió la que las anteriores: mi tío no me recibió. Y al día siguiente yo estaba singlando con rumbo a los hiperbóreos mares.

Sí, el hombre se había enojado; porque, algunos días después, con motivo de un empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó:
-Y yo, ¿qué tengo que hacer con eso? ¿Para qué me meten a mí en sus cosas? ¿No lo han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?

A lo cual mi madre observó:
-Pero, tatita (era la hermana menor y lo trataba así), si ha venido veinte días seguidos a pedirte la bendición, y no lo has recibido - replicando él:
-Hubiera venido veintiuno.

Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me había marchado, porque su memoria era excelente. Pero, entre sus muchas manías, tenía la de hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los demás. El miedo, la adulación, la ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo conspiraba en favor suyo, y él en contra de sí mismo.

No se acabarían de contar las infinitas anécdotas de este complicado personaje, señor de vidas, famas y haciendas, que hasta en el destierro hizo alarde de sus excentricidades. Yo tengo una inmensa colección de ellas. Baste por hoy la que estoy contando.

Interrogado, como dejé dicho, contesté:
-Van a hacer dos años, mi tío.
Me miró y me dijo:
-¿Has visto mi Mensaje?
-¿Su Mensaje? -dije yo para mis adentros-. ¿Y qué será esto? No puedo decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir qué es. . . - y me quedé suspenso.

El, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó:
Baldomero García, Eduardo Lahite y Lorenzo Torres dicen que ellos lo han hecho. Es una botaratada. Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera hace un Mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la sala. ¿Qué? ¿No te han hablado en tu casa de eso?

Cuando yo oí lectura, ernpecé a colegir, y como desde niño he preferido la verdad a la mentira (ahora mismo no miento sino cuando la verdad puede hacerme pasar por cínico), repuse instantánearnente:
-¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!
-¡Ah!, es cierto; Pues no has leído una cosa muy interesante; ahora vas a ver - y esto diciendo, se levantó, salió y me dejó solo.

Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (vivía en un mundo de pensamientos tan raros), vislumbré que aquello sería algo como el discurso de la reina Victoria al Parlamento, ¿pues, qué otra explicación podría encontrarle a aquel «ahora vas a ver»?

Volvió el hombre que, en vísperas de perder su poderío, así perdía el tiempo con un muchacho insubstancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme.
Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie, y empezó a leer desde la carátula, que rezaba así -

-«iviva la Confederación Argentina!» --¡Mueran los Salvajes Unitarios!.
--¡Muera el loco traidor, salvaje Unitario Urquiza!-

Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y be, todas las letras, con la afectación de un purista.
Y continuó así, deteniéndose de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales con preguntas como éstas - que yo satisfacía bastante bien, porque, eso sí, he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a cierto humanista, don Juan Sierra, hombre excelente, del que conservo afectuoso recuerdo-

-Y aquí, ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?
Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme:
-¿Tiene hambre?
Ya lo creo que había de tener; eran las doce de la noche y había rehusado un asiento en la mesa al lado del doctor Vélez Sársfield, porque en casa me esperaban. . .
-Sí - contesté resueltamente. Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche

El arroz con leche era famoso en Palermo, y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo era; de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto que se me presentaba de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de la casa.
Mi tío fué a la puerta de la pieza contigua, la abrió y dijo- -Que traigan a Lucio un platito de arroz con leche.

La lectura siguió.
Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de arroz con leche, me lb puso por delante y se fué.
Me lo comí de un sorbo. Me sirvieron otro, con reguntas y respuestas por el estilo de las apuntadas, y otro, y otros, hasta que yo dije: -Ya, para mí, es suficiente.
Me había hinchado; ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como caja de guerra templada; pero no hubo más; siguieron los platos - yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad...

La lectura continuaba.
Si se busca el Mensaje ése, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él el período que comienza de esta manera: «El Brasil, en tan punzante situación».


Aquí fuí interrogado, preguntándoseme -
-¿Y por qué habré puesto punzante?

Como el poeta pensé - que en mi vida me he visto en tal aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general Guido. . . Ya yo tenía la cabeza como un bombo - y lo otro tan duro, que no sé cómo aguantaba.

El, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:
-Bueno, sobrino, vaya nomás y acabe de leer eso en su casa -agregando en voz más alta-: Manuelita, Lucio se va.

Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente -Dios nos dé paciencia» y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde estaba mi caballo.

Eran las tres de la mañana.
En mi casa estaban inquietos, me habían mandado buscar con un ordenanza.
Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.
Mis padres no se habían recogido.
Mi madre me reprochó mi tardanza con ternura. Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.
Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:
-¿Qué libro es ése?
-Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío... -¿Leyéndotelo?. . . -Y esto diciendo, se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación-: ¡No te digo que está loco tu hermano!
Mi madre se echó a llorar.

(Algún tiempo después de esta ocurrencia, el general Mansilla y su hijo Lucio, de paso para Francia, visitan a su pariente en su destierro de Southampton. Con Rozas, siempre de chaleco colorado, están allí su hijo Juan y su esposa, Manuelita, Terrero y un negrito a quien el amo apoda Míster. Manuelita, que anda aún con su moño colorarlo, y a quien elgeneral Mansilla observa que «ese parche colorado no está bien-, contesta: -No me lo sacaré mientras no me lo manden».

Un día, mientras el general y Manuelita están de sobremesa, el joven Lucio, por pedido de aqueIla, va a entretener a su tío, que ha ido a sentarse solo, en una salita próxima. Ambos callan, observándose muy al disimulo. El ex dictador habla al fin.
-¿En qué piensa, sobrino?
-En nada, señor.
-No, no es cierto; estaba pensando en algo.
-No, señor. ¡Si no pensaba en nada!
-Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando ya.
-¡Si no pensaba en nada, mi tío!
-Si adivino, ¿me va a decir la verdad?
Me fascinaba esa mirada que leía en el fondo de mi conciencia, y maquinalmente, porque habría querido seguir negando, contesté:
-Sí.
-Bueno -repuso él-, ¿a que estaba pensando en aquellos platitos de arroz con leche, que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el «loco» (el loco era Urquiza) llegara a Buenos Aires?
Y no me dió tiempo para contestarle, porque prosiguió-
-¿A que cuando llegó a su casa a deshoras, su padre (e hizo con el pulgar y la mano cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: no te digo que tu hermano está loco?
No pude negar, queriendo; estaba bajo la influencia del magnetismo de la verdad - y contesté, sonriéndome:
-Es cierto.
Mi tío se echó a reír burlescamente.

Lucio V. Mansilla, Los siete platos de arroz con leche , Buenos Aires, EUDEBA, 1963.
Fuente:
www.elhistoriador.com.ar

martes, 17 de agosto de 2010

San Martín y la entrevista de Guayaquil

17 de agosto de 1850 moría en Francia José de San Martín. Tras pelear en España contra las tropas napoleónicas, regresó a su patria en 1812. Tuvo su primera victoria a favor de la causa de la independencia de América en el combate de San Lorenzo, al frente de los Granaderos a Caballo. Más tarde, como parte de su estrategia de liberar Chile y Perú del dominio español, asumió la gobernación de Cuyo y organizó el Ejército de los Andes. Tras cruzar la cordillera, obtuvo las victorias de Chacabuco, en 1817, y de Maipú, en 1818, que aseguraron la independencia de Chile. En julio de 1821 entró en Lima, Perú, y el 28 de ese mes declaraba la independencia de ese país. Entre los días 26 y 27 de julio de 1822 tuvo lugar la famosa entrevista de Guayaquil, en Ecuador, entre los generales José de San Martín y Simón Bolívar. Para recordarlo reproducimos el relato sobre aquel encuentro evocado por el general Jerónimo Espejo, quien formó parte del Ejército de los Andes y participó en batallas como Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú.

Fuente: San Martín visto por sus contemporáneos, José Luis Busaniche, Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires, 1995.


Voy a hacer referencia para que nuestros compatriotas conozcan este hecho hasta en sus minuciosidades. Mas, no obstante conservarlas frescas en la memoria, cual sucede por lo general con toda ocurrencia que hondamente impresionan en la juventud, algunos años después escribí al coronel don Rufino Guido pidiéndole datos sobre el particular, como testigo presencial que había sido en esa ruidosa escena y tuvo la amabilidad de responderme con lo que sigue, cuya descripción autógrafa conservo original entre mis papeles. Ella refiere: “Que tan luego como el general San Martín llegase a Puná y se le instruyera de la situación, le ordenó embarcarse en un bote con doce remeros, encargándole fuese a felicitar al Libertador por su feliz arribo y anunciarle que al siguiente día tendría el gusto de hacerle una visita. A vela y remo navegó toda esa noche llegando a Guayaquil como al mediodía, y en acto de desembarcar se encaminó a la morada de Bolívar a cumplir su comisión”.

Presentado a éste, fue recibido del modo más cumplido y caballeresco; y así que le expresó la enhorabuena que le dirigía el general San Martín por su intermedio, contestó: “Que estimaba mucho la atención y el anuncio de la visita, que podría haber excusado, pues que él ansiaba por verlo; que inmediatamente iba a mandar dos ayudantes que le encontrasen en su camino a darle la bienvenida en su nombre y que le acompañaran hasta el puerto. En seguida ordenó se le sirviera un buen almuerzo. Le hizo muchas preguntas sobre distintas cosas y, terminado el desayuno, se despidió para regresar con la respuesta, esparciéndose por la ciudad como la luz del relámpago la noticia de la llegada del general San Martín.

”A su regreso a la Macedonia, encontróla cerca de Guayaquil, y cuando subió a bordo, ya vio allí los dos edecanes que le indicara el Libertador, dando cuenta al general de su comisión e instruyéndole de cuanto había ocurrido y observado”.

”Poco rato después, fondeó la goleta en el puerto, y algunos momentos más tarde llegaron otros dos edecanes de Bolívar a saludar de nuevo a San Martín, y a anunciarle en su nombre que deseaba verle cuanto antes. Como desde la mañana todos estaban listos para desembarcar, lo verificaron por el muelle que hay frente a la casa del señor Luzárraga en que debía hospedarse. El general bajó a tierra con toda su comitiva, y desde el muelle hasta aquélla se hallaba formado un batallón de infantería en orden de parada, el que hizo los honores correspondientes a su alto rango”.

“Bolívar, de gran uniforme y acompañado de su estado mayor, lo espraba en el vstíbulo de la misma y al acercarse San Martín, se adelantó unos pasos y, alargando la diestra, dijo: ‘Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín’. Este contestóle congratulándose también de encontrar al Libertador de Colombia, agradeciendo tan cordial demostración, pero sin admitir los encomios. Juntos subieron la escalera, siguiéndole ambas comitivas, hasta el gran salón de la casa en que tomaron asinto. En seguida se retiró el batallón que había hecho los honores, dejando a la puerta una guardia de honor mandada por un oficial.”

“Bolívar presentó a los generales que le acompañaban, principiando por Sucre, y a pocos momentos, empezaron a entrar las corporaciones de la ciudad a felicitar a su nuevo huésped. Luego apareció un grupo considerable de señoras con igual objeto, dirigiéndole una alocución la matrona que las encabezaba. San Martín contestó con aquella cortesana galantería con que acostumbraba tratar al bello sexo, y pasado un momento de silencio, adelantándose una joven como de diez y siete años, dirigió a éste, (que al lado del Liber
tador se mantenía en medio de la sala) un discurso lleno de encomios patrióticos, y al concluir colocó sobre sus sienes una corona esmaltada de laurel. Sonrojado por su natural modestia con aquella demostración inesperada, quitándosela con aire de simpática amabilidad, expresó a la señirita que estaba persuadido que él no merecía semejante muestra de distinción; pues había otros cuyo mérito era más digno de ella; pero que tampoco pensaba deshacerse de un presente de tanto mérito, ya por las manos de quien venía, como por el patriótico sentimiento que lo había inspirado, y que se proponía conservarlo como uno de sus más felices días. Terminada aquellla escena, se retiraron las corporaciones, la reunión de señoras y el cuerpo militar, qeudando el Libertador con sólo dos edecanes. Los coroneles Guido y Soyer invitaron a éstos a pasar a otra habitación a efecto de dejar solos a los dos grandes personajes que tanto habían ansiado verse reunidos.”

“Ellos cerraron las puertas por dentro y los edecanes estaban a la mira de que nada les interrumpiera; así permanecieron por hora y media, siendo este el primer acto de la entrevista, que según la expresión de ambos, había sido por tanto tiempo deseada.”

Callan los apunto que voy reproduciendo, acerca de los tópicos de que se ocuparon en esta vez, ni si el general San Martín, en la condición reservada que le era característica, en ese día o siguientes, se le escapara el más leve indicio sobre la materia.

“Que terminada dicha conferencia abrieron las puertas del salón y el Libertador salió para retirarse a su morada, seguido de sus dos edecanes, acompañándole San Martín hasta el pie de la escalera, donde le hizo un cumplimiento de despedida”.

“Desde la llegada de éste a Guayaquil, se veía una inmensa masa de pueblo agrupada al frente de la casa en que se hospedó, la que aclamaba sin cesar al Libertador del Perú, y después que el general Bolívar se retirase, saliendo a los balcones, saludó la reunión con palabras de benevolencia y gratitud, por las expresiones patrióticas con que se le distinguía. En ese momento se anunciaron otras visitas de vecinos notables de la ciudad, por lo cual tuvo que dejar el balcón para pasar al salón a recibir aquellas nuevas atenciones de conocida simpatía”.

“Así que esos señores se retiraron, aprovechando el paréntesis de tan incesante afluencia, salió el general acompañado de sus edecanes a visitar al Libertador Bolívar en su casa. Este cumplimiento duraría media hora, más o menos, después del cual regresó, acercándose la hora de comer, lo que hizo en su morada sin más compañía que sus edecanes y el oficial de la escolta; y por la noche recibió otras visitas y entre ellas algunas de señoras.

”Al día siguiente, a la una de la tarde, volvió el general a casa de Bolívar, pero dejando ya arreglado y listo el equipaje y la escolta, con la orden de que se embarcaran en la Macedonia, a las once de la noche, pues en esa misma debía verificarlo él también, al salir del baile a que estaba invitado. Luego que llegó a lo del Libertador, después de los cumplimientos sociales, ambos se encerraron en el salón, encargando que no se les interrumpiera. Así permanecieron cuatro horas aproximadas, siendo este el segundo acto de la entrevista. Serían las cinco de la tarde cuando abrieron la puerta, porque a esa hora empezaban a llegar los generales y otros señores, como hasta el número de cincuenta, a un gran banquete con que el Libertador obsequiaba al general San Martín. En seguida pasó la reunión al comedor que estaba espléndidamente preparado y la mesa cubierta con suntuosidad. El primero ocupó la cabecera colocando al segundo a su derecha. Llegada la ocasión de los brindis, los inició Bolívar; parándose con la copa en la mano e invitando a que lo acompañaran los señores concurrentes, dijo: ‘Brindo, señores, por los dos hombres más grandes de la América del Sur, el general San Martín y yo’. Pasado un momento, llenado éste su rol, contestó con la modestia que le era característica: ‘Por la pronta terminación de la guerra, por la organización de las nuevas Repúblicas del Continente Americano y por la salud del Libertador’. A éstos siguieron dos o tres brindis de los generales y siendo como las siete de la noche, se levantaron de la mesa.

”Después del banquete, nuestro general regresó a su casa a descansar, volviendo a salir a eso de las nueve para asistir al baile a que había sido invitado por la Municipalidad. Cuando llegara, ya estaba allí el Libertador, con sus generales y el cuerpo de jefes y oficiales”.

Para llenar mejor, por mi parte, la descripción de esa fiesta, me permito copiar literalmente la que se hace en los apuntes que me sirven de base.

“Fue muy agradable, -prorrumpe Guido- la impresión que nos hizo la casa del Cabildo por el brillante conjunto del adorno de los salones y aposentos. La iluminación era sobresaliente y profusa, pero, sobre todo, la hermosura de las damas guayaquileñas que realzaba tanto más la elegancia y el esmerado gusto de sus trajes y cuyos encantos y méritos son reconocidos en toda la costa del Pacífico. Este fascinador golpe de vista formaba un incombinable contraste con el grupo de oficiales colombianos, de aspecto poco simpático, de modales algo agrestes y que así cortejaban y bailaban con aquellas preciosas criaturas. El vals era su danza favorita. (…)

“El general San Martín (continúan los apuntes) se conservó puramente como espectador sin tomar parte en el baile, preocupada su cabeza, al parecer, de cosas de otra magnitud, hasta que, a la una de la noche, se acercó a Guido, diciéndole: ‘Llame usted al coronel Soyer. Ya no puedo soportar es
te bullicio’. El general hizo su despedida del Libertador sin que nadie se apercibiera de ella, lo que probablemente así había sido acordado entre ambos para no alterar el buen humor de la concurrencia. Un ayudante del segundo, dirigiólos por una escalera secreta, por donde salieron a la calle, acompañándolos hasta el muelle en el que los esperaba un bote de la Macedonia. San Martín se despidió del edecán, se embarcó, y en cuanto montó a bordo, la goleta levó sus anclas y se hizo a la vela. Al otro día llegó a Puná y sólo se detuvo el tiempo necesario para que se trasbordaran los generales que habían ido en la comitiva, y sin más, continuó su navegación al Callao.

“Al día siguiente de nuestra partida, se levantó el general, al parecer, muy preocupado y pensativo, y paseándose sobre cubierta, después del almuerzo, dijo a sus edecanes: ‘Pero, ¿han visto cómo el general Bolívar nos ha ganado de mano? Mas espero que Guayaquil no será agregado a Colombia, porque la mayoría del pueblo rechaza la idea. Sobre todo, ha de ser cuestión que ventilaremos después que hayamos concluido con los chapetones que aun quedan en la Sierra. Ustedes han presenciado las aclamaciones y vivas tan espontáneos como entusiastas que la masa del pueblo ha dirigido al Perú y nuestro ejército’. En efecto (agregan los apuntes que voy extractando) esos fueron los sentimientos que los guayaquileños expresaban incesantemente a San Martín en los días de su permanencia en la ciudad y el tema general que los más notables de ellos tomaban para sus conversaciones con aquél y con los edecanes. Pero apenas llegó al Callao y fue general de marina del estado de Lima y de la deposición y extrañamiento del ministro Monteagudo, la escena cambió, y el general, concentrado y taciturno, desembarcó en el acto y pasó a su casa de campo de la Magdalena. Desde ese momento se persuadió San Martín que la anarquía asomaba en el Perú y que las aspiraciones se desencadenarían sin respetar nada. En seguida asumió el mando supremo, y todas las medidas que dictó fueron tendientes a reunir el congreso constituyente, alejarse de los negocios públicos y dejar el país entregado a su propio destino”.

Jerónimo Espejo

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

martes, 27 de julio de 2010

La muerte de Evita Perón

1952 fue un año marcado por la enfermedad y muerte de Eva Perón.
En el aspecto social, las cosas también se oscurecen para los argentinos, las restricciones al consumo, entre otros ajustes, obligan a comer pan negro. La máquina política y propagandística del régimen peronista empieza a ser resistida por algunos sectores.

El gobierno toma medidas para paliar una crisis económica que cada vez aparece más preocupante. El presidente exhorta a consumir menos, se raciona la nafta, estableciendo un cupo de 30 litros semanales por automóvil.

Se restringe el consumo de aluminio en las industrias, un día por semana se prohíbe vender carne, se congelan los precios de algunos artículos y se modifica el horario de los comercios para hacer frente a la escasez de energía. Se establece que los sábados no se dictarán clases en los colegios.

En este marco de dificultades, los rumores sobre la salud de Evita crecen los primeros meses de 1952. Ante la gravedad de la salud de la esposa del presidente aumentan los homenajes: La Plata se llamará Ciudad Eva Perón, los territorios de La Pampa y Chaco adquieren el nombre de Provincia Eva Perón y Provincia Presidente Perón, respectivamente.

Además, Evita recibe el Gran Collar de la Orden del Libertador San Martín y se dispone erigir un monumento en su honor.

Eva Perón acompaña a su marido en el acto del 1º de mayo y habla a público desde la Casa de Gobierno. También está a su lado el 4 de junio cuando Perón jura como presidente por segunda vez. Se la nota enferma, pero entera.

El 26 de julio muere, su velatorio y traslado a la CGT se convierten en enormes actos populares, mientras el pueblo la llora desconsoladamente y el Estado le rinde luto.

Tras años de traslados y usurpaciones, sus restos yacen en el Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires, en la bóveda de la familia Duarte, visitada por cientos de turistas todos los días.

Fuentes:
Our Times: The Illustrated History of the 20th Century, Turner Publishing, Atlanta, 1995.
Roncayolo, M.: Nuestros Contemporáneos, Le Monde et son Histoire, tomo XI, Editions Bordas, Paris, 1972. Elhistoriador.com

domingo, 18 de julio de 2010

La aventura de Hernando Vargas

Una historia de piratas que dio mucho que hablar por este tiempo en Buenos Aires fue la que le ocurrió a Hernando de Vargas, nombrado contador del Río de la Plata. Este caballero, un poco exaltado y fanfarrón, partió de España el 16 de abril de 1594 en compañía de su mujer. su tía doña Elvira y varias primas; pero al divisar el puerto de Bahía, en el Brasil, su nave fue apresada por un navío francés al cabo de una lucha en la cual no hubo ningún muerto.

Sin embargo, Hernando de Vargas la describe como algo épico y pocas veces visto. El corsario francés. procedente del puerto de la Rochela, fue muy galante con las señoras. respetó sus fealdades, y sólo les robó todo lo que traían. A Hernando de Vargas le dijo, irónicamente, que era un «grande hombre»: cumplido que el español agradeció emocionado, a tal punto que cuando evocó su aventura escribió que el corsario «aunque ladrón y luterano tenía gracia y buen donaire».

Por último el corsario rochelés se despidió de los españoles y los dejó con aquellas «señoras» en el puerto de Bahía el 20 de junio de 1594. Los portugueses llenaron de atenciones a Hernando de Vargas y al cabo de un tiempo pudo trasladarse a Buenos Aires.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

martes, 29 de junio de 2010

Invasiones inglesas (Parte II)










El día 27 de junio, convencido de la ineficiencia de todas sus contradanzas, cuando los invasores pasaban el Riachuelo y entraban en la ciudad, con el pie en el estribo, Sobremonte le mandó todavía una notificación al comandante de la plaza: “Si tiene tropa y armamento, defienda la ciudad; si no tiene, entréguela”.

Y así entraron las tropas inglesas en una ciudad a la que habían abandonado sus autoridades, sin dar a los vecinos más noticia del gravísimo hecho, que los tres cañonazos de alarma disparados en la fortaleza.

El ejército invasor, bajo las órdenes del mayor general William Carr Beresford, formaba un total de mil seiscientos cuarenta y una plaza, diez y seis caballos y ocho cañones de diversos calibres.3

Todas esas fuerzas vinieron en doce buques: navíos Diadem, Reasonable, Diomede; fragas Narcisus, Leda; bergantín Encounder; transportes Walker, Triton, Methanto, Ocean, Wellington y Justinia.

Las fuerzas mencionadas pasaron al Riachuelo el día 27, sin haber encontrado en su camino de avance, ningún obstáculo, y en la tarde del mismo día entraron en la ciudad en desfile por columnas. Llegaron a la fortaleza y tomaron posesión de ella.

“Fugado el virrey, rendidos los jefes y soldados, resignadas las autoridades, inerme y al parecer conforme la población, pudo el conquistador creer en la realidad de su conquista. Al día siguiente de estar instalado Beresford en la fortaleza, comenzaron a acudir las corporaciones, haciendo cabeza el obispo y su clero; se juramentaron oficiales y empleados, prestaron pleito homenaje y ofrecieron su valioso concurso “moral” los prelados y priores de convento. Pronto volvieron a abastecerse los corrales y mercados, a abrirse las tiendas y pulperías, como que, por circular en manos inglesas, no perdían los pesos y doblones su conocida efigie española. Si no hubo función de comedias en todo julio, lidiáronse toros en el Retiro, jefes oficiales ‘colorados’, formaban relaciones en sus respectivas esferas. Las mismas familias en cuyas casas se hospedaban los oficiales, trataban a éstos con afabilidad… Decididamente, aquello andaba a maravilla y la contagiosa ilusión del comodoro, se trasmitió al general. Como Sancho en la ínsula Barataria, comenzó Beresford a creer en su gobernación, y prodigó las órdenes, decretos y reglamentos, a nombre del soberano británico. Así pasaron algunas semanas sin que los incautos vencedores se dieran cuenta exacta de la situación. Habiendo asaltado la casa y con facilidad suma desalojado a sus dueños, los intrusos se instalaron en ella y armaron francachela, sin sospechar que los propietarios estuvieran juntando a los vecinos y preparándose para volver.”4

El dinero que tomaron los invasores, formaba un total de 1.438.514 pesos. Del dinero entregado a Popham, que mandaba la escuadra inglesa, fue posible recuperar después 130.000.

La sorpresa de las primeras horas cambióse más tarde por indignación. El numeroso vecindario de Buenos Aires se dio cuenta de que el miedo vergonzoso del Virrey lo había arrojado bajo la dominación de un poder extraño.

“Buenos Aires era conquista inglesa: y lo era por el abandono que de su derecho y su honor hicieron los agentes de la corona castellana. En ese día caducó la soberanía de los reyes. El pueblo no podía esperar la reivindicación de su nombre y la emancipación de su persona, sino de su propia energía y su naciente conciencia nacional. Días futuros reservaban un alto galardón a su ánimo viril…”5

Santiago Liniers, por inspiración propia, y ayudado después por los principales vecinos, tomó a su cargo la obra de la reconquista. En la tarea, secretamente cumplida en cuanto abarcaba los preparativos en la misma ciudad conquistada, tomaron participación algunos miembros del Cabildo, los comerciantes y los vecinos.

En esos precisos instantes se formó la conciencia popular. Desaparecido el poder de los virreyes, gobernadores, capitanes, etc., del régimen monárquico, cada individuo al buscar unión con su vecino para desalojar al invasor, ponía en juego su voluntad, inspirándola en un ideal. La victoria en esas condiciones tenía necesariamente que revelar una gran trascendencia política, como la reveló en nuestra historia.

Sobre el “amor a los monarcas” –frases de declamaciones inconscientes- había un orgullo de raza, herido por el invasor, y además estos dos sentimientos, el primero, a pesar de todo, más fuerte que el segundo: el sentimiento católico de la religión tradicional en el virreinato, y el amor al suelo en que se había nacido o se tenía el hogar y la familia.

Acerca de ese sentimiento religioso, hay abundantes informaciones en las crónicas de la época, y una constancia muy interesante en el acta de la cofradía del Rosario en el convento de Santo Domingo, acta labrada el 25 de agosto de 1806, es decir, trece días después de la Reconquista.

Esa acta dice así: “Con motivo de haber sido rendida esta plaza el día veintisiete de junio de mil ochocientos seis, a las armas de su majestad británica, del mando del general Mr. William Carr Beresford, se experimentó decadencia y cierta frialdad en el culto, por la prohibición de que se expusiese el Santísimo Sacramento en las funciones de la cofradía, que tuvo a bien mandar el ilustrísimo señor obispo de esta diócesis. El domingo primero de julio no hubo más que una misa cantada, sin manifiesto y, habiendo concurrido a ella el capitán de navío de la real armada y caballero del Hábito de San Juan, Señor Don Santiago Liniers y Bremont, que ha manifestado siempre su devoción al Santísimo Rosario, se acongojó al ver que la función de aquel día no se hiciera con la solemnidad que se acostumbraba. Entonces conmovido de su celo, pasó de la Iglesia a la celda prioral, y encontrándose en ella con el reverendo padre maestro y prior, fray Gregorio Torres y el mayordomo primero, les aseguró que había hecho voto solemne a nuestra señora del Rosario (ofreciéndola las banderas que tomase a los enemigos), de ir a Montevideo a tratar con el señor gobernador sobre reconquistar esa ciudad, firmemente persuadido de que lo lograría, bajo tan alta protección. Después de muchos trabajos llegó a Montevideo y allanando las dificultades con que se encontró, vino a la colonia del Sacramento, y de allí bajo un temporal, a la punta de San Fernando de Buena Vista, donde hizo su desembarco el día 4 de agosto; el 12 del mismo rindió a discreción a los enemigos, después de resistir el más furioso ataque; y reconocido a los favores que le dispensó María Santísima del Rosario en todas sus acciones y en cumplimiento de su promesa, el día veinticuatro de dicho mes de agosto, obló, con una solemnísima función –salva triple de artillería- concurso de la Real audiencia, cabildo secular e ilustrísimo obispo –las cuatro banderas, dos del regimiento número setenta y uno, y dos de marino que tomó a los ingleses, confesando deberse toda la felicidad de las armas de nuestro amado soberano al singular y visible patrocinio de Nuestra Señora del Rosario o de las Victorias. El reverendo padre maestro y prior pasó al Señor Liniers recibo de dichas cuatro banderas, y al momento nos la entregó para que, como mayordomos, las colocásemos: lo que se ha ejecutado en las cuatro ochavas de la media naranja sobre la cornisa de la Iglesia. Cuya noticia ponemos aquí para que conste. Buenos Aires, a veinticinco de agosto, de mil ochocientos seis. – (Firmado los Mayordomos) Francisco Antonio de Letamendi, Miguel de Escuti.”

Un actor y testigo de los acontecimientos de aquel año afirma que “los ingleses no eran conocidos en estos países, sino como enemigos mortales de la religión que se profesaba, una religión sin la cual nadie esperaba salvarse; todos hablaban del gobierno, de la nación, de las leyes y de las costumbres inglesas, como de unos seres llenos de perversidad y corrupción y de cuyo contacto era necesario huir como se huye del infierno…”.

Existía en Buenos Aires –agrega- como capital del virreinato, la vanguardia de Chile y el Perú, y el mayor contrapeso contra las aspiraciones de Portugal en América, una colección de jefes militares que concentraban el respeto y la veneración de estos pueblos; se contaba la hoja de servicios de cada uno; los unos se habían hallado en la guerra de Flandes, otro en la revolución francesa, otros en la de Portugal sobre las fronteras del Brasil: todos habían estudiado en los primeros colegios militares de la península: descendían de familias de las cuales habían heredado los honores de esta carrera y habían pasado mucho años sin desenvainar la espada, sin dar una sola voz de mando, sin hojear un solo libro de la ciencia; gozaban por todos estos títulos en Buenos Aires, de la misma reputación que en Francia los grandes mariscales del Imperio; pero llegó la invasión de los ingleses y todo desapareció como el humo. En el concepto general, el que no fue acusado de traición en el día que ocuparon la ciudad los invasores, cargó con las notas del inepto o de cobarde; desde ese día el respeto se convirtió en odiosidad, y el temor en un coraje tribunicio.6

Liniers, contando ya con la voluntad decidida del vecindario, se trasladó a Montevideo, donde Ruiz Huidobro había empezado a preparar fuerzas para la defensa de aquella ciudad y para la reconquista de Buenos Aires. El patriota Pueyrredón lo acompañaba. En los primeros días de agosto con una fuerza regular pasaron a la Colonia, y después, trasportados en algunos pequeños buques, desembarcaron en San Fernando.

El día 10 de agosto, la expedición libertadora estableció su campamento en los mataderos de Miserere (actualmente plaza 11 de septiembre). Liniers había logrado llegar a la ciudad sin librar ninguna batalla, y los ingleses que pudieron tentarla con probabilidad de victoria por la disciplina de sus soldados veteranos, imprudentemente se encerraron en la ciudad, donde corrían el mayor peligro.

El señor Liniers intimó rendición al general inglés, en una pieza, concebida así: “Excmo. Señor: La suerte de las armas es variable; hace poco más de un mes que V.E. entró en esta capital, arrojándose con un cortísimo número de tropas a atacar una inmensa población, a quien, seguramente, faltó más la dirección que el valor para oponerse a su intento pero en el día, penetrado del más alto entusiasmo por sacudir una dominación que le es odiosa, se halla pronta a demostrarle que el valor que han mostrado los habitantes del Ferrol, de Canarias y de Puerto Rico, no es extraño a los de Buenos Aires. Vengo a la cabeza de tropas regladas muy superiores a las del mando de V.E., y que no le ceden en generosidad y disciplina. Mis fuerzas de mar van a dominar las balizas, y no le dejarán recursos para emprender una retirada. La justa estimación debida al valor de V.E., la generosidad de la nación española, y el horror que inspira a la humanidad la destrucción de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a V.E. este aviso, para que, impuesto del peligro sin recurso en que se encuentra, me exprese en el preciso término de quince minutos si se halla dispuesto al partido desesperado de librar sus tropas a una total destrucción, o al de entregarse a un enemigo poderoso.

”Nuestro Señor guarde a V.E. muchos años. Ejército español, en las inmediaciones de Buenos Aires, 1º de agosto de 1806. – Santiago Liniers.”

El general Beresford contestó la intimación en estos términos, de justa sobriedad: “He recibido su oficio y convengo en que la fortuna de las armas es variable. No tengo duda en que Ud. tiene la superioridad respecto del número, y que la comparación de la disciplina es inútil: tampoco he consentido jamás haber entrado en este pueblo sin oposición, pues para ejecutarlo me ha sido preciso batir al enemigo dos veces; y al mismo tiempo que he deseado siempre el buen nombre de mi patria, he tratado también de conservar la estimación y el buen concepto de las tropas que se hallan bajo mis órdenes. En esta inteligencia le digo que me defenderé hasta el caso que me indique la prudencia, para evitar las calamidades que puedan recaer sobre este pueblo, que nadie lo sentirá más que yo, de las cuales estarán bien libres si todos los habitantes proceden conforme a la buena fe.

”Besa la mano de Ud. –Guillermo Carr Beresford, mayor general inglés”.

Al día siguiente entraron en la ciudad las tropas de Liniers, y el 12 de agosto, día “con espesa neblina”, empezó la batalla en las calles. Los ingleses fueron desalojados del Retiro y de todos los puntos intermedios. Se defendían heroicamente; pero en lucha desigual, tenían como adversarios, a las tropas de Liniers y a todos los habitantes de Buenos Aires, sin distinción de edades y sexos. A la una del día, los ingleses se encerraron en la Fortaleza, y a las dos se rindieron. Habrían sido temeridad inútil y estéril, prolongar la resistencia.

En el primer parte que envió al príncipe de la Paz, generalísimo de los reales ejércitos de España, el jefe militar de la reconquista don Santiago Liniers, narra en estos términos el ataque: “…Considerando que si los enemigos se refugiaban en el Fuerte tendría que batirlos en brecha, había hecho desembarcar dos cañones de a 18, de la goleta Dolores, por ser barco de mucho calado que dificultosamente podría servir en Balizas en el caso de ataque de mar: estos me llegaron el día 11 en el campo del Retiro, y habiendo encontrado en el Parque ajustes del mismo calibre, aunque con los ejes cortados por los enemigos, traté de montarlos en ellos, reparando esa falta; esto lo tuve efectuado a las 12, en cuya hora, reparando que con uno de dichos cañones, podría batir las fuerzas que los enemigos tenían en Balizas, lo coloqué en sitio oportuno, y aunque los tiros, por la elevación de la barranca, no se podían aprovechar bien, logré el pegar un balazo a una lancha cañonera, quien con este motivo no pudo responder a nuestros fuegos, y habiéndolo dirigido sobre una fragata, le cortamos la pena de su mesana donde tremolaba la bandera británica, la que cayó al agua, feliz pronóstico del aje que debía recibir al día siguiente en la plaza de Buenos Aires. Efectivamente, el día 12, a las diez de la mañana, habiendo los Migueletes empeñado un fuerte tiroteo, temiendo que fuesen rechazados o cortados, adelanté el ataque que tenía determinado para las doce del día, dirigiéndome con toda mi artillería en dos columnas, por la calle de la Merced y por la de la Catedral; los cañones de 18, sin avantrenes, fueron llevados a brazo. Los enemigos, con 18 piezas de artillería, guardaban las entradas de la plaza, sus tropas guarnecían las azoteas de la recoba y de varias casas inmediatas a la plaza y los balcones del Cabildo: de todos estos puntos, después de cerca de dos horas del combate más vivo de ambas partes con igual tesón, valor y constancia, los enemigos desampararon la plaza, que ocuparon al momento nuestras tropas; y refugiados al Fuerte, izaron bandera blanca, pero la tuvieron larga bastante tiempo antes de contener el fuego nuestro, según estaban enardecidos mis soldados. Últimamente, habiendo visto entrar en el Fuerte a Don Hilarión de la Quintana, con un tambor, se arrojaron sobre el rastrillo y orilla del foso, viéndome obligado con todos mis oficiales a usar de amenaza para contenerlos y hacerles ver que aun no estaba rendido el Fuerte, que la bandera blanca podía ser para pedir una suspensión de armas, etc. Verdaderamente, si el general inglés hubiese sido de mala fe, pudo haberla arriado despachando al ayudante y hacernos un destrozo horroroso, bien que nunca suficiente para quitarnos la victoria, aunque mucho más ensangrentada; pero lejos de tomar tan desesperada determinación, se avino a izar la bandera española antes de haber tratado de más capitulaciones que la de oír las de mi ayudante, que sólo admitiría yo la de a discreción; al poco rato salió del Fuerte con mi dicho ayudante, y encontrándose conmigo, en pocas palabras le expresé que la justa estimación que me merecía su valor me estimulaba a concederle los honores de la guerra; y efectivamente, habiendo hecho formar mi tropa en ala, salieron los ingleses del Fuerte con sus armas, tocando marcha, y las depositaron a la cabeza de nuestro ejército en número de 1.200, habiendo perdido en la acción 412 hombres, y 5 oficiales entre muertos y heridos; y nuestros de la misma clase sólo 180, el alférez de navío don Joseph Miranda, herido en una mano y el alférez del ejercito del Imperio francés mi edecán D. Juan Bautista Fantin, una pierna rota.

”El Fuerte tenía 35 cañones montados y 4 morteros: los fusiles que nos han entregado son más de 1.600. Fue falso que hubiesen extraído las armas nuestras que habían hallado en la sala de armas, que allí existen: además les hemos tomado 26 cañones y cuatro obuses, las banderas del regimiento 71, las que tenía votadas a Nuestra Señora del Rosario.

”No sé si debo ponderar más la constancia heroica de los oficiales y soldados en los trabajos que las intemperies de la estación les han hecho sufrir sin más abrigo que el del cielo, no habiéndose verificado que nadie haya proferido la menor queja, ni dado la menor seña de incomodidad, que el valor sin segundo que mostraron en una de las acciones de más arresto, intrepidez y riesgo que se pueda emprender.

”Entre los hechos de patriotismo de esta ciudad, no se debe omitir el de Don Manuel Oretiz Basualdo, quien me remitió mil pesos fuertes para ser distribuidos por mí entre las viudas e hijos de los que han perecido en la expedición, y entre los que juzgue más dignos de premio por algunas acciones extraordinarias: entre éstas no debo omitir la de la mujer de un cabo de asamblea, llamada Manuela la Tucumanesa, quien combatió al lado de su marido y mató un soldado inglés del que me presentó el fusil; pero este acto de heroísmo pudo haber tenido principio en los ejemplos de primera excepción de mi señora Doña Josefa Morales, gobernadora de Montevideo, y Doña Francisca Huet, digna esposa del sargento mayor y comandante de la Colonia del Sacramento don Ramón del Pino, quienes con sus dádivas y exhortos han contribuido infinitamente al entusiasmo y exaltado denuedo con que nuestras tropas han ido a buscar y vencer al enemigo, despreciando fatigas, tempestades y balas…”

En tanto que estos hechos eran realizados por los vecinos y las tropas de Liniers, el virrey Sobremonte venía en marca con algunas milicias cordobesas. Era tarde para su honor. La conciencia del pueblo de Buenos Aires se había formado y templado en una gran lucha.

1 Diario de D. Pedro A. Cerviño, del ataque de los ingleses. Véase “La Bibliteca”, tomo III, pág. 313.

2 Id. ya citado.

3 Véase: Trofeos de la Reconquista de la ciudad de Buenos Aires, en el año 1806.

4 P. Groussac, La Biblioteca, Tomo III, pág. 424.

5 J. M. Estrada –Lecc. De Hist.

6 Noticias históricas, por Ignacio Núñez, págs. 25 y 27.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

jueves, 24 de junio de 2010

Invasiones Inglesas (Parte I)

El 27 de junio de 1806 los ingleses, bajo las órdenes del mayor general Guillermo Carr Beresford, desembarcaron en las playas de Quilmes, marcharon sobre la ciudad de Buenos Aires y tomaron la plaza casi sin encontrar resistencia, ya que el virrey Rafael de Sobremonte había huido hacia Córdoba. Reproducimos a continuación un fragmento del libro Páginas argentinas ilustradas, donde José Manuel Eizaguirre relata el desembarco de los ingleses y la reconquista de Buenos Aires, a cargo de Santiago Liniers.

Fuente: Eizaguirre, José Manuel, Páginas argentinas ilustradas, Casa Editorial Maucci Hermano, 1907.

Gobernaba el virreinato el Señor Sobremonte, funcionario apegado al formalismo de las altas posiciones administrativas y sin las virtudes esenciales de un patriota. Con esas cualidades, no era garantía para la colonia ni para los pueblos del virreinato, en tiempos en que España sufría el desorden interior y los ultrajes del absolutismo napoleónico, y cuando en los pueblos americanos empezaba a sentirse el movimiento de una idea emancipadora.

Dueña Inglaterra de los mares, por sus escuadras victoriosas en Trafalgar, creyó propicia la hora no sólo para vengar las subordinaciones de Carlos IV a Napoleón, enemigo declarado de la Gran Bretaña, sino también los estímulos directos que la corona española había desarrollado en la emancipación de las colonias inglesas en la América del Norte. La hora era, en realidad, propicia.

En el año 1805, una escuadra inglesa navegó en los mares de nuestro continente y siguió viaje hacia el Cabo de Buena Esperanza, en donde conquistó las colonias holandesas. El virrey Sobremonte tuvo noticia de que esas fuerzas tentarían también la conquista del Río de la Plata; pero cuando conoció las operaciones que hacía en el Sur de África, descuidó ponerse en condiciones de defensa. Fue para él una amarga sorpresa, cuando en los días de junio de 1806, vio en el estuario una escuadra de doce buques ingleses, que no venía a saludar la insignia del vanidoso virrey.

Colocado en el duro y difícil trance, probó que su carácter no estaba a la altura de la situación. Llegó a creer que los invasores no realizarían sus propósitos con las escasas fuerzas que traían, y descuidó aun entonces, armar y disciplinar a los vecinos. Limitóse a organizar algunas partidas para que vigilaran las costas durante las noches. Desde el 17 de junio, día en que fueron vistos los buques ingleses en el estuario, hasta el 27 del mismo mes, en que desembarcaron en las playas de Quilmes y marcharon sobre la ciudad, el virrey dio órdenes y contraórdenes, se movió de un lado para otro lado, paseó las calles con grandes comitivas de ayudantes, y cuando distribuyó armas y municiones, lo hizo en una forma inconveniente y ridícula. Pedro Cerviño, en su diario, da los siguientes datos acerca de esa distribución, hecha el día 25 de junio: “A las dos de la tarde –dice- tocaba de nuevo la generala, y dada la señal de alarma corrieron todos con precipitación al cuartel; allí recibieron de mano del sargento distinguido que hacía de Brigada don Antonio del Nero, una espada, una pistola, una canana y porta-espada, entregándosele suelta una piedra y cuatro cartuchos. Inmediatamente, y sin darles lugar a la colocación del armamento expresado, los hicieron salir a tomar sus caballos en la calle, en donde el ayudante de plaza, don José Gregorio Belgrano, sin permitirles la menor demora, los hizo partir con la mayor precipitación, llevando por esta razón todo el armamento en las manos, hasta el punte de Gálvez, en donde hallaron al capitán general con algún tren volante y varios edecanes, que los hizo hacer alto. Con ese motivo procedieron los soldados a acomodar su armamento, del que ya habían perdido alguna parte de los cartuchos y piedras, faltando en todas las llaves, la zapata para colocar aquellas.”1


Dos esclavos que venían a entrar en la ciudad después de haber presenciado en la playa de Quilmes el desembarco de los ingleses, fueron llevados de una guardia a otra guardia, hasta la presencia del virrey. Después llegaron otros informantes con noticias abultadas e inexactas. Sólo aquellos dos negros, esclavos en la chacra de don Juan Antonio Santa Coloma, vieron bien y narraron sin fantasía. Según la expresión de un privado del virrey “no era cosa de broma”, y fue en virtud de esos datos que se resolvió avanzar con las fuerzas hacia el camino que traían los ingleses. Realizado este propósito y ya frente al enemigo, se revisaron las armas que consistían en “espada y pistola: de éstas, las más estaban sin piedra por el desorden y precipitación con que se les hizo su entrega, y las demás, o todas las que carecían de ese efecto, tenían el que las balas de los cuatro cartuchos por individuo, no venían, de modo alguno, al cañón de la pistola”.

Esta circunstancia, que probaba la absoluta nulidad de los jefes militares y del virrey, no amilanó a la gente dispuesta a la lucha, y antes “no hizo más que estimularla a pedir que se les permitiese la entrada, proponiéndose la derrota enemiga, con sólo la atropellada de los caballos.

El inspector Arce, que mandaba aquella malaventurada división de soldados bisoños y desarmados, se concretó a presenciar la marcha de los invasores, colocado en medio de un cuadro formado por los Blandengues y las milicias “de modo que estaba cubierto por dos filas de hombres así por vanguardia, como por retaguardia, sin el menor recelo de ser herido, pues aunque estaba a caballo, éste era un petizo semiburro”.2

Como resolvió salir de esa equívoca inacción, fue para ordenar algunas operaciones descabelladas que no llevaron perjuicio alguno a las filas invasoras. Un momento después hizo tocar retirada, y ésta se convirtió en una desordenada fuga. A la distancia se logró reunir a la mayor parte de los dispersos, y entonces el inspector Arce increpó a soldados y oficiales, declarándoles que lo “habían dejado solo”, y subiendo el tono de su voz, como si contestara a reproches de su conciencia, exclamó: “¡Si alguien cree que ordené la retirada por cobardía, desafío al más valiente para que salga en el acto a batirse de hombre a hombre conmigo!”

Mientras estas escenas ridículas se desarrollaban en el campo de los defensores, los soldados ingleses seguían tranquilamente su marcha sobre la capital, donde el Virrey ponía en orden sus cosas particulares, para huir hacia Córdoba.



1 Diario de D. Pedro A. Cerviño, del ataque de los ingleses. Véase “La Biblioteca”, tomo III, pág. 313.

2 Id. ya citado.

3 Véase: Trofeos de la Reconquista de la ciudad de Buenos Aires, en el año 1806.

4 P. Groussac, La Biblioteca, Tomo III, pág. 424.

5 J. M. Estrada –Lecc. De Hist.

6 Noticias históricas, por Ignacio Núñez, págs. 25 y 27.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar