sábado, 31 de enero de 2009

El Cura Brochero: Cuando la vida es una gauchada




Habiendo destinado sus bienes a los pobres, el Cura Brochero pasó sus dos últimos años en la casa de su hermana Aurora, en Villa del Tránsito, donde murió el 26 de enero de 1914.
En Santa Rosa de Río Primero, nació el 16 de marzo de 1840, José Gabriel del Rosario Brochero. Lo bautizaron al día siguiente. Bromeando sobre su rústica fisonomía, producto de la viruela que tuvo en su niñez, Brochero solía decir que el día que lo llevaron a bautizar resbaló la yegua negra y del susto le había quedado afeado el rostro. Y con esa cara a sus padres no les quedó otra que meterlo de cura porque “no iba hallarse quien lo siguiera”.
A los 16 años José Gabriel fue llevado a la ciudad para ingresar al Seminario Ntra. Sra. del Loreto. Durante diez años, Brochero, que no destacaba por su inteligencia, acrisoló una sólida formación intelectual por su contracción al estudio llegando a obtener los títulos universitarios en filosofía y teología. Pero sobre todo logró consolidar los valores esenciales del evangelio de Jesús, que animaron luego su práctica sacerdotal, expresándose en la constante preocupación por los más pobres.
A fines de 1866, a los veintiséis años fue ordenado sacerdote y enseguida designado ayudante en la Catedral de Córdoba. Con motivo de la epidemia del cólera que asoló la ciudad en esos años, el joven sacerdote tuvo una ejemplar actuación en el socorro y atención a los enfermos.
Designado Cura de San Alberto, extenso departamento del oeste de la provincia de Córdoba, a fines de 1869 cruzó en mula las sierras Grandes. Los tres días de travesía por senderos borrosos le sirvieron al Cura para palpar la aridez de las montañas y asomarse a la fertilidad del valle de traslasierras, el nuevo escenario de su labor. En San Pedro, la sede parroquial, en su primera misa quiso brillar con su retórica pero enseguida descubrió que sus nuevos feligreses le demandaban adaptarse a su lenguaje y sus costumbres.
Don Basilio López, de San Vicente, le regaló una mula, el medio de movilidad que adoptó para llegar a todos los rincones de su extenso curato. Eran largas distancias por senderos intransitables que le ocupaban varios días. El Cura llevaba en sus alforjas chala para sus cigarros, los elementos para celebrar misa, el breviario, el rosario y algún pedazo de charqui para comer… Aunque prefería hacer un alto en los ranchos diseminados en las montañas para conocer a su gente, tomar mate y saber de sus problemas.
Había que hacer caminos para romper la incomunicación y sacar la producción de la zona. Organizó cuadrillas de trabajadores y así alentó la cultura del trabajo y promovió fuentes laborales. Hicieron canales de riego en el Tránsito y Nono; y un dique en Aguas de Chávez. También llevaron el agua hasta la plaza de la villa, construyendo los “chiflones” y las “pilas” para servirse.

Empezó a renacer la fe. Organizó la catequesis en todos los poblados, donde también se hacían las fiestas patronales. Sus predicaciones eran atractivas, dialogadas y fáciles de entender. Según él, el matrimonio era como una carreta con dos ruedas…y “cuando una anda mal, no anda y todo se lo lleva el diablo”…”Estas son las macanas que yo digo y predico así para que me entiendan todos”, explicaba el Cura.
Tal como lo había aprendido en sus años de seminario, pensaba que los ejercicios espirituales eran el mejor instrumento para renovar a fondo la fe cristiana. No sólo para la salvación individual. También para promover la solidaridad y el compromiso con las necesidades comunitarias. Por eso organizó tandas de trescientas o cuatrocientas personas, hombres o mujeres, que durante tres días y noches atravesaban las sierras para internarse en la ciudad de Córdoba durante ocho días de reflexión, penitencia y oración. Así fue hasta que en agosto de 1875 inició la construcción de la Casa de Ejercicios en El Tránsito.
El Cura Brochero pensó inaugurarla en 1878, con la presencia de Santos Guayama, con quien había logrado entablar una amistosa relación. Pero en esa fecha el caudillo montonero fue apresado en San Juan por las tropas represivas del gobierno central y fusilado en la cárcel sin juicio ni condena, a pesar de las gestiones que el cura hizo para salvarlo.
Terminada la Casa de Ejercicios, vieron la necesidad de construir un colegio para niñas. Exagerando Brochero decía: “Me agarraron de la esclavina y casi me ahorcaron para que edificara el colegio.” Y con igual empeño, algo más de experiencia y la misma participación de la gente, en 1880 el Cura Brochero pudo inaugurar el colegio de niñas, logrando que las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús se hicieran cargo del mismo.
Entre Católicos y Liberales la década del 80 fue de especial virulencia entre la iglesia católica y el gobierno en manos de los liberales, donde militaban antiguos condiscípulos de Brochero. En medio de las controversias ideológicas, religiosas y políticas, el Cura Brochero siguió moviéndose sin perder el horizonte principal de su tarea. Y sin resignar sus convicciones mantuvo la relación con sus amigos políticos, obteniendo beneficios para el oeste cordobés. Su actitud fue criticada por los sectores eclesiásticos y ante los reproches el Cura respondía que no le convenía “echar agua bendita ni mostrar la Cruz al diablo”, a la vez que rechazaba las acusaciones de estar metido en política.
Su fuerte y decidido compromiso con la realidad de sus serranos le generó conflictos, que supo sortear con firmeza y humildad, poniendo ante todo la necesidad de los más pobres. Después de varias renuncias, ocasionadas por estos conflictos, finalmente fue nombrado canónigo en Córdoba, adonde se trasladó en 1898, viviendo en Barrio General Paz. En los cuatro años de su estadía en la ciudad, se ocupó de los presos de la Penitenciaría de San Martín y colaboró con la Sociedad Vicentina de ayuda a los pobres.
Pero la ciudad no era su habitat. Diciendo: “Este apero no es para esta mula, ni la mula para este corral”, renunció a la canonjía y se volvió a sus pagos del oeste en 1902.
Desde entonces y hasta 1907, en que renunció definitivamente al curato, se ocupó en construir la iglesia de Panaholma y la de la misma sede del curato en Villa del Tránsito, destruida por la violencia de un temporal. También siguió pechando por el ramal ferroviario de Soto a Villa Dolores, emprendimiento en el que se ocupará hasta el final de su vida. En 1905 logró, después de intensas gestiones en Buenos Aires, la aprobación de los estudios para la construcción del ramal. Sin embargo otros intereses, pesarán más fuertes e impedirán finalmente el anhelo del Cura Brochero de “tocar al menos un riel antes de morir”. Para estos años los médicos ya habían diagnosticado que su enfermedad era lepra. Y el miedo al contagio también se extendió como rumor en su parroquia.
En 1912, al calor de la nueva realidad política, estando aún pendiente su anhelado ferrocarril, decidió involucrarse en el apoyo a los candidatos del radicalismo. Se entrevistó con Hipólito Irigoyen, enviando “bandadas” de cartas para que se votara a esta naciente fuerza política, al sentirse traicionado por su viejo amigo Ramón J. Cárcano, quien finalmente ganó la gobernación, en elecciones sospechadas de fraudulentas.
Sus palabras, escritas en 1905, resultaron proféticas: “He podido pispear que viviré siempre, siempre en el corazón de la zona occidental, puesto que la vida de los muertos está en el recuerdo de los vivos”.

Fuente: Luis Miguel Baronetto - newsmatic.e-pol.com.ar