sábado, 16 de febrero de 2008

El Tigre de los llanos







El General Quiroga quiso entrar en la sombra Llevando seis o siete degollados de escolta. Esa cordobesada bochinchera y ladina (meditaba Quiroga) ¿qué ha de poder con mi alma? Aquí estoy afianzado y metido en la vida Como la estaca pampa bien metida en la pampa. Yo, que he sobrevivido a millares de tardes Y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas, No he de soltar la vida por esto pedregales. ¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?
Fragmento de “El General Quiroga va en coche al muere”—JORGE LUIS BORGES


Hoy, Gotitas de Historia trae, sin abrir juicios previos, la historia de Juan Facundo Quiroga.


Juan Facundo Quiroga, (San Antonio, Argentina, 1788 – Barranca Yaco, Argentina, 16 de febrero de 1835) fue un caudillo argentino de la primera mitad del siglo XIX, partidario de un gobierno federal durante las guerras intestinas en su país, posteriores a la declaración de la independencia; fue apodado El Tigre de los Llanos tanto por sus amigos como por sus enemigos.


Hijo de José Quiroga, un hacendado sanjuanino que migró a la norteña provincia de La Rioja, estableciendo su estancia en el sureste de La Rioja, en la zona llamada Los Llanos, y que varias veces ejerció como comandante de las milicias de la zona. Su educación fue relativamente buena, para las oportunidades que ofrecía la provincia.
Hacia 1815 viajó a Buenos Aires, donde recibió alguna formación militar por un breve período. En 1817 fue nombrado jefe de las milicias de la comarca y participó en las luchas por la independencia organizando milicias, persiguiendo desertores y enviando ganados al Ejército del Norte y al Ejército de los Andes.


Según su enemigo – y lejano pariente – Domingo Faustino Sarmiento, Facundo Quiroga comenzó a ser famoso por dos hechos: encontrándose a campo traviesa fue perseguido por un "tigre" (jaguar) que le obligó a tomar refugio en la copa de un algarrobo, auxiliado por unos gauchos, Quiroga mató al "tigre" y recibió el célebre apodo. Lo más probable es que este hecho sea inventado.

El otro hecho, este sí históricamente comprobado, ocurrió el año 1819, en la ciudad de San Luis, donde permanecía prisionero por una causa menor (acaso una riña) junto a más de una veintena de altos oficiales realistas. De ahí que, tras un peligroso motín organizado por estos últimos, Quiroga luchó y mató a varios de ellos, usando como maza los mismos grillos que llevaba puestos. Aquel terrible suceso se conoció, desde ese entonces, como la Matanza de San Luis, localidad en donde fueron asesinados buena parte de la alta oficialidad realista de Chile.
Hasta entonces el poder en el territorio de la provincia de La Rioja se encontraba disputado por dos antiguas familias terratenientes: la de los Ocampo y la de los Dávila. En esa contienda, Quiroga apoyó al gobernador Francisco Ortiz de Ocampo, pero tras su derrota frente a un grupo de rebeldes venidos de San Juan, ex miembros del Ejército de los Andes transformados en montoneros, resultó determinante para el derrocamiento de Ocampo y su reemplazo por Nicolás Dávila. Reforzó su poder militar incorporando a los “Auxiliares de los Andes” a sus fuerzas.
Sin embargo, luego de acceder al gobierno provincial, los Dávila desconfiaron de Quiroga por el prestigio que éste había obtenido entre la población. Tras eliminar en un duelo a Miguel Dávila en la batalla de El Puesto, Facundo Quiroga accedió al gobierno provincial. Si bien renunció a éste unos meses después, desde entonces se mantuvo como el caudillo indiscutido de los riojanos.
Federalista y caudillo

Establecido el gobierno federal, aumentó su fortuna mediante la concesión, obtenida del gobierno local en conjunto con los grupos riojanos y porteños, para explotar las minas de cobre y plata de la región y acuñar moneda.
Bernardino Rivadavia
Cuando el ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, licita esas minas a inversores británicos, sobre las cuales no tenían derechos, más la leva forzada realizada por el general Gregorio Aráoz de Lamadrid en Tucumán y Catamarca para la Guerra del Brasil, y el tratado realizado por el gobierno de Buenos Aires (como Representante de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina) con Gran Bretaña por el cual se establece la libertad religiosa, lo deciden a tomar partido en la lucha entre unitarios (partidarios de un gobierno liberal fuerte establecido en Buenos Aires) y federales.

En parte como excusa, llevó en sus campañas la bandera de Religión o Muerte, como manifestación de oposición a la política religiosa de Rivadavia.

Por su parte, Rivadavia se hizo nombrar presidente por el Congreso General de 1824, sin una constitución que lo avalara, pretendiendo gobernar como un típico unitario, imponiendo su política a las provincias.


Hasta ese momento, Facundo era más bien un militar destacado, con alguna inclinación a imponer su voluntad sin consideraciones, pero de ninguna manera un caudillo violento o sanguinario. No se inclinaba hacia el federalismo ni hacia el unitarismo. Más tarde declararía que era unitario por convicción, pero que se hizo federal porque esa era la voluntad de los pueblos.
En la provincia de Catamarca estuvo por iniciarse un enfrentamiento interno en 1825, que se pudo evitar por la mediación de Quiroga, que salió de garante del acuerdo entre el gobernador Manuel Gutiérrez y sus opositores. Pero Gutiérrez violó el acuerdo, reiniciando la guerra civil y llevando en su contra a Facundo Quiroga. Éste invadió Catamarca y lo depuso casi sin luchar. Pero Gutiérrez llamó en su ayuda a Lamadrid, que se había apoderado del gobierno de la provincia de Tucumán, y que lo repuso en el gobierno. Entonces Quiroga volvió sobre Catamarca, nuevamente expulsó a Gutiérrez y siguió camino hacia Tucumán, donde derrotó a Lamadrid en la batalla de El Tala, el 27 de octubre de 1826. Lamadrid fue dado por muerto, por lo que Quiroga se retiró.

De allí pasó a San Juan, donde aseguró el poder para el partido federal, colocando en el gobierno a un pariente suyo. Ese mismo año de 1826, el Congreso sancionó una constitución unitaria, a la que la mayor parte de las provincias se opuso. Sólo Salta y Tucumán aprobaron esa constitución. Se dijo que el enviado por el Congreso para presentar la constitución a Quiroga se encontró con éste en San Juan, donde lo encontró recostado sobre su recado bajo un toldo de cuero, en un campo de alfalfa. Sin levantarse, garabateó en la primera hoja Despachado, y envió al diputado porteño de regreso a Buenos Aires.

Cuando supo que Lamadrid había sobrevivido y nuevamente ocupaba el gobierno de Tucumán (y Gutiérrez el de Catamarca), y que además había invadido Santiago del Estero, volvió a invadir Tucumán, pasando por Santiago. Derrotó por completo a Lamadrid en la batalla de Rincón de Valladares, el 6 de julio de 1827. Impuso una fuerte contribución a la provincia para resarcirse de los gastos que le habían obligado a hacer. Como la legislatura quiso evitar esa indemnización, le escribió: "... si no se me satisface antes de las dos horas de este día, me haré pagar, no la suma de 24000 pesos, sino todos los gastos que he hecho, y todas las pérdidas que he sufrido en mis negocios. Cuidado, pues, no haya equivocación. Las generosidades tienen sus límites... pasada la hora mencionada, sin haber recibido la pequeña suma que pido, empezaré a hacer sentir inmediatamente los estragos de la guerra."

Cobró lo exigido sin problemas, y colocó un gobierno federal en Tucumán. La batalla de Rincón aceleró la renuncia del unitario Rivadavia al gobierno nacional, y desde entonces controló la política de las provincias de Cuyo, La Rioja y Catamarca, y tuvo una fuerte influencia sobre Santiago del Estero y Córdoba. Cuando, en 1829, el general José María Paz tomó la provincia de Córdoba, derrocando a Juan Bautista Bustos, su caudillo federal, éste llamó en su auxilio a Quiroga. Éste reunió fuerzas de las provincias que controlaba e invadió Córdoba, logrando tomar la capital de la provincia. Para evitar sufrimientos a la población, salió a enfrentar a Paz en la batalla de La Tablada, del 22 de junio, en que la superior capacidad de Paz para manejar su artillería decidió la batalla en su favor.

Al día siguiente, cuando Paz regresaba a la ciudad, fue nuevamente atacado por Quiroga, en lo que, según expresión del propio Paz, fue: "... la operación militar más arrojada de la que he sido testigo o actor en mi larga carrera... Me he batido con tropas más aguerridas, más disciplinadas, más instruidas, pero más valientes, jamás."

Quiroga fue nuevamente derrotado y tuvo que huir a su provincia. Al llegar a La Rioja, encontró que algunos personajes estaban festejando su derrota. Hizo fusilar a diez personas y ordenó que toda la población de la ciudad se trasladara a los Llanos con sus haciendas y destruyendo todo lo que no se podían llevar. A partir de ese momento, Quiroga fue realmente el tigre. Pero hay que destacar que Lamadrid, por ejemplo, fue mucho más cruel que Quiroga. El mismo Paz hizo fusilar a varios prisioneros de La Tablada y envió expediciones a “pacificar” la sierra de Córdoba, que se saldaron con centenares de gauchos federales fusilados.
Quiroga decidió volver a enfrentar a Paz. Le escribió una larga carta en que le decía que : "...las armas que hemos tomadas en esta ocasión no serán envainadas sino cuando haya una esperanza siquiera de que no serán los pueblos nuevamente invadidos. Estamos convenidos en pelear una vez para no pelear toda la vida. Es indispensable ya que triunfen unos u otros, de manera que el partido feliz obligue al desgraciado a enterrar sus armas para siempre."

A continuación invadió Córdoba por segunda vez, dividiendo sus tropas en dos columnas; una, bajo su mando directo, avanzó desde San Luis por el sur, mientras la otra, mandada por el gobernador riojano Benjamín Villafañe, marchaba por el norte. Paz decidió salirle al cruce a Quiroga. El gobernador porteño Juan Manuel de Rosas envió dos mediadores a tratar de evitar la batalla, pero Paz los utilizó para engañar a su enemigo: los envió a su campamento e inmediatamente avanzó hacia el ejército federal. Creyendo que todavía estaba en una tregua, Quiroga fue sorprendido y derrotado el 25 de febrero de 1830 en la batalla de Oncativo.

Quiroga huyó hacia Buenos Aires, mientras Paz invadía las provincias que el riojano había dominado y formaba una Liga Unitaria, generalmente llamada Liga del Interior, de la cual Paz era el jefe militar y político. Rosas lo hizo recibir como a un vencedor, pero permaneció en la casa de su socio Costa, alejado de las cuestiones militares. Para él, todo había terminado.
El general Lamadrid, que no había podido enfrentar a Quiroga en la batalla, fue nombrado gobernador de La Rioja, mientras Villafañe se exiliaba en Chile. Lamadrid se dedicó a perseguir a los federales y fusilara decenas de ellos. También a saquear los bienes de Quiroga, entre ellos, los “tapados” de dinero (bolsas enterradas en medio del campo, en lugares conocidos sólo por el dueño), a los que accedió por medio del soborno y la tortura. Una de las personas que Lamadrid torturó fue la madre del general Facundo Quiroga, que fue obligada a barrer la plaza de La Rioja cargada de cadenas.

Eso fue demasiado: Quiroga pidió a Rosas fuerzas con que regresar a la lucha. Como el gobernador porteño (junto al santafesino Estanislao López estaban invadiendo Córdoba, sólo le pudo dar unos 450 delincuentes y vagos de la cárcel. Facundo los entrenó con cuidado, y pronto los convirtió en soldados. A principios de 1831, Quiroga avanzó por el sur de Córdoba hacia Cuyo. En el camino se le unieron varios soldados desertados del ejército de Paz en la batalla de Fraile Muerto. Ocupó la villa de Río Cuarto después de una violenta batalla, y poco después derrotó sobre el río Quinto al coronel Juan Pascual Pringles, que fue muerto por un oficial ante quien no se quiso rendir. El coronel Pringles, héroe de la campaña de San Martín al Perú, era muy respetado por Quiroga, que gritó al oficial que lo había matado: "¡Por no manchar con tu sangre el cadáver del valiente coronel Pringles, no te hago pegar cuatro tiros ya mismo! ¡Cuidado, otra vez, miserable, que un vencido invoque mi nombre!"

Pocos días después enfrentaba en Mendoza al gobernador José Videla Castillo en la batalla de Rodeo de Chacón, del 22 de marzo de 1831. Quiroga dirigió la batalla desde el pescante de una diligencia, señalando lo que quería mostrar con una cañita: el reuma no le permitía montar. Con esta victoria consiguió el control de San Luis y Mendoza, mientras sus partidarios recuperaban San Juan y La Rioja.

Unos días más tarde, recibió la noticia de que su mejor amigo, el general Villafañe, había intentado regresar desde Chile. Pero en el camino se había cruzado con un oficial unitario que lo había asesinado. Perdió los estribos, y cometió el acto más monstruoso de su carrera: mandó fusilar a todos los prisioneros de Río Cuarto y de Rodeo de Chacón que estaban en el cuartel: en total, veintiséis muertos. Fue el único asesinato en masa que ordenó Quiroga, a pesar del mito establecido por Sarmiento, de que mataba gente cada vez que le venía en gana.
Por su parte, Paz fue capturado por las fuerzas de Estanislao López, y el mando pasó a Lamadrid. Éste se retiró a Tucumán, para hacerse fuerte en su propia provincia. Hasta allí lo fue a buscar Quiroga, que lo venció (por tercera vez) en la batalla de La Ciudadela, el 4 de noviembre de 1831. Esta batalla terminó con la Liga Unitaria.


Estando en Tucumán, envió a la esposa del general Lamadrid (refugiado en Bolivia) a su encuentro, sin molestarla y con escolta oficial; también le envió una carta, recordándole el trato que él había dado a su madre. La terminaba con una despedida digna de su autor: "¡Adiós, general, hasta que nos podamos juntar para que uno de los dos desaparezca!, porque esta es la resolución inalterable de su enemigo Facundo Quiroga."

El control de la Confederación Argentina pasó a estar en manos de los federales. En particular, de Rosas, López y Quiroga. Mientras Rosas logró mantener buenas relaciones con ambos, Quiroga y López comenzaron a tener problemas. En primer lugar, Quiroga pretendía tener algún derecho sobre Córdoba, donde López había nombrado un gobernador a un federal de su mayor confianza, José Vicente Reinafé, que junto con sus hermanos formaba un clan que gobernaría la provincia por algo más de tres años. También tuvo problemas por un caballo, que había sido de Facundo pero estaba en poder de López.

Quiroga pasó los siguientes años en Buenos Aires, donde desempeñó un papel relevante. Allí se debatía si el país debía darse o no una Constitución federal. Quiroga era partidario de una rápida organización nacional, pero otros caudillos, entre ellos Rosas, no estaban de acuerdo, ya que sostenían que aún debía esperarse a que maduren las condiciones.

Nominalmente, Quiroga fue el comandante de la campaña al desierto del año 1833, pero en la práctica la llevaron a cabo el gobernador de Mendoza, José Félix Aldao, los gobiernos de San Luis y Córdoba, y el ex gobernador porteño Rosas, que fue quien más provecho obtuvo con la misma.
El comandante de la columna del centro, José Ruiz Huidobro, era un oficial que había acompañado a Quiroga en su campaña de 1831, y al regresar intentó derrocar a Reinafé. Pero fue derrotado por la rápida reacción de éstos, y pagó con varios meses de cárcel su intento. Pero era evidente que detrás de Ruiz Huidobro estaba Quiroga, y los Rainafé decidieron que éste era un peligro para ellos. Era, además, un adversario peligroso para su jefe, Estanislao López.
En Buenos Aires, Quiroga se dedicó a la administración de la estancia que compró en San Pedro. En esa misma zona viven aún sus descendientes, entre los cuales varios heredaron su nombre completo de Facundo Quiroga. Durante su estadía fue el único que se atrevió a visitar a Rivadavia en el buque en que llegaba de vuelta, al que sin embargo no se permitió desembarcar y se envió de regreso al exilio.

A fines de 1834 estalló una guerra civil entre las provincias de Salta y Tucumán, cuyos gobernadores, Pablo Latorre y Alejandro Heredia, se habían enemistado por la autonomía de la provincia de Jujuy. El gobernador Manuel Vicente Maza envió a mediar al general Quiroga, con instrucciones especialmente escritas para él por Rosas, que lo acompañó un tramo del viaje.
En el viaje de ida, varios amigos le avisaron que los Reinafé querían matarlo; pero desoyó los avisos y siguió camino sin problemas. Al llegar a Santiago del Estero se enteró de que la guerra civil en el norte había finalizado y que Latorre había sido asesinado. Se dedicó a mediar para lograr una serie de tratados entre las provincias del norte, entre cuyas cláusulas figuraba la autonomía jujeña.

Iniciado su camino de regreso a principios del año siguiente, tuvo nuevos avisos sobre la posibilidad de que lo asesinaran. Pero tal vez tenía más miedo a pasar por cobarde que a la muerte. El 16 de febrero de 1835, una partida al mando del capitán de milicias cordobés Santos Pérez emboscó su carruaje en los breñales de un lugar solitario llamado Barranca Yaco, en el norte de la provincia de Córdoba. Quiroga se asomó por la ventana de la galera, y fue muerto de un tiro en un ojo por Santos Pérez. Su cuerpo fue luego tajeado y lanceado, y todos los demás miembros de la comitiva fueron asesinados también.

Al saberse quién había sido el asesino, el cargo sobre el asesinato de Quiroga recayó sobre los hermanos Reinafé. Éstos fueron derrocados y ajusticiados unos años más tarde junto a Santos Pérez. Los opositores a Rosas lo acusaron de estar tras el homicidio. Tal vez fue asesinado por venganza, pero también para favorecer a Estanislao López; si fue así, el plan fracasó por completo: López perdió el control de Córdoba (y Entre Ríos) y mucho de su prestigio. Todo el poder en la Argentina pasó rápidamente a Rosas.

El cadáver de Facundo Quiroga, por decisión de sus familiares, se encuentra en el cementerio porteño de La Recoleta. Allí se conservó el monumento funerario, pero su féretro fue escondido en una pared tras la caída de Rosas en 1852, para evitar venganzas sobre su cadáver de parte de los enemigos de ambos. Fue redescubierto en el año 2005.
Valoración histórica

Juan Facundo Quiroga, fue un militar excepcionalmente valiente, decidido y capaz, cuya única desgracia fue medirse dos veces con el único general que era superior a él. No respetaba mucho los derechos humanos, y se fue haciendo progresivamente más cruel empujado por la crueldad de sus enemigos (sobre todo de Lamadrid) y por la frustración de la derrota. Aprovechaba el terror que su imagen creaba a su alrededor, pero esa imagen era más ficticia que real.
Como político, era un federal convencido que defendió la autonomía de su provincia, y de sus provincias vecinas; pero no se decidió nunca a luchar por la organización constitucional del país. Y al final de su vida cayó envuelto en confusas luchas por el poder a nivel nacional, rodeado de conspiraciones que él había contribuido a crear.