
Contaba algunos años atrás don Pepe Cayún, descendiente del irreductible cacique:
"El cacique Pincén era peleador de tigres, intrépido cazador de tigres cebados, los que todos temían, porque gustaban carne humana... Una vez, cansado y extraviado, de regreso de una acción, en medio de las voces de la noche, oyó un rugido cercano y extraño. Pensó de inmediato que fuese un tigre cebado que merodeaba por allí. Exactamente. No se equivocó. Echó, pues, pie a tierra, se quitó las espuelas, se preparó al ataque dando alaridos y voces para provocar al 'uezá nahuel' (el tigre malo). Apenas distinguía el bulto; se trabó en lucha... pero Pincén, diestrísimo en esa clase de encuentros, y que eliminaba en el primer o segundo lanzazo a su enemigo, esa noche no tuvo la suerte de matarlo. Lo hirió.
El tigre, aunque embravecido, retrocedió y se dio a la fuga. Pero Pincén, insistiendo en la lucha, lo corre en la penumbra, lo corre hasta que lo abandona y lo deja... Cuando emprendió su camino pa' su toldería, confiándose al trote de su zaino, de vez en cuando veía como una especie de visión: el tigre que lo seguía, volviendo desafiante. Y siempre que empuñaba la lanza, se le esfumaba, desaparecía... (Aquí se emocionó don Pepe Cayún). Esa pesadilla lo acompañó al cacique hasta la madrugada, hasta que llego a su toldería..." ¿Qué habrá significado ese tigre fantasmal, ese enemigo cuya sombra volvía a buscarlo una y otra vez?
Tomado del Diario “La Arena“ Suplemento 1 + 1 “Indígenas“ del 31/10/01.
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