domingo, 8 de mayo de 2011

La educación en las reducciones jesuíticas

La educación fué una de las prioridades fundamentales de la Compañía de Jesús en su gigantesca tarea misional. San Ignacio de Loyola, fundador de la orden,"sentó el principio antes que sus religiosos pisaran América: si bien el objetivo último de toda misión es la evangelización,su requisito básico es el fomento del progreso económico y social, y como tal, su más poderoso instrumento es la educación en todas sus dimensiones;espiritual y temporal, rural e industrial, primaria y superior..." escribió la profesora María Capurro de Torres, en el suplemento semanal "Historia de las Misiones Jesuíticas", editado por el diario "El Territorio" de Posadas.

Los reyes de España habían dispuesto oportunamente, la instalación de "escuelas de doctrinas y de leer y escribir en todos los lugares de indios", mientras que en los momentos iniciales de la fundación de reducciones, el entonces provincial de la Orden de Jesús, padre Diego de Torres,dejó precisas instrucciones a los sacerdotes de la Compañía.

"En lo espiritual, pongan luego la Escuela de Niños, en la cual uno de los compañeros(del párroco o cura) les enseñará la doctrina, la cual dirán al entrar y salir de la escuela, mañana y tarde, hasta saberla muy bien...También les enseñarán a leer y escribir, contar y tañer".

El padre José Cardiel detalló en sus informes,que "en la escuela de primeras letras ponían los misioneros especial cuidado. Desde los siete años, los niños eran incluídos por los alcaldes en sus listas, y permanecían en la escuela hasta lo doce años. Allí los varones aprendían a leer, escribir y hacer cuentas. Las niñas,hasta la edad de doce años, acudían a escuelas separadas donde aprendían a leer, escribir, hilar, cocinar,etc. En aritmética hicieron progresos notables y, para no olvidarse, todos los niños debían repetir la tabla entera de los números, el día domingo, después del servicio divino."

También en las escuelas de las reducciones, "los alumnos más hábiles y más rápidos debían ser los maestros de los principiantes, pues ellos tomaban la lección o corregían los deberes a los de los grados inferiores, y aún a los de su mismo grado, y eran tambien ellos quienes debían correr con la disciplina de la escuelas, ordenando a los alumnos en filas, al ingresar en las aulas y cuidando del comportamiento de los niños."

Cabildo Mirí

El historiador jesuítico, padre Guillermo Furlong, aportó datos sobre una experiencia pedagógica sorprendente para la época. "En algunas reducciones hubo temporariamente, lo que se llamó Cabildo Mirí o de los niños, por ser éstos quienes lo componían. Constaba de casi todos los cargos que había en el otro o "Guazú", pero con autoridad tan sólo sobre menores de catorce años. En algunos pueblos no dió resultado y los sacerdotes dejaron que se extinguiera,pero en la mayoría, contribuyó notablemente a crear en los niños el sentido de responsabilidad y deber cívicos."

En cuanto a cifras, la reducción de San Ignacio Miní tenía-en una época- más de 500 niños en su escuela, mientras que Santo Tomé registraba 900 alumnos.

Un maestro guaraní

Las Cartas Anuas de 1644, consignan el nombre de un maestro aborigen que tuvo la misión de San Javier: Gaspar Gauparé, quien "desde su infancia recibió una educación muy cristiana y muy cabal, de suerte que era muy apreciado por los padres misioneros.Era además un excelente copista de escritos en latín o castellano, y muy buen lector.Distinguiéndose también entre sus compañeros, por sus habilidades en la música vocal e instrumental. Por todas estas razones fué designado maestro de escuela, y supo enseñar no sólo las letras sino también las verdades religiosas, infiltrando sentimientos bellísimos en los corazones de sus alumnos."

Muchas escuelas misionales siguieron funcionando tras la expulsión de los jesuitas en 1767, y el historiador misionero Antonio Monzón,consigna en su obra, los nombres de "varios indios que, habiendo hecho los estudios primarios en las reducciones,cursaron los secundarios y universitarios en Buenos Aires o en Asunción, como Pablo y Félix Areguatí; Domingo Yabacú; Francisco Ipiré; VenancioToubé; Manuel Cumá y Francisco Javier Tubichapota. Este último ordenóse sacerdote y en 18o2, Javier Lastarria,secretario del virrey Avilés,hacía de él un cumplido elogio."

Fuente: cosahonesta.blogspot.com - Prof. Julio A. Gómez

martes, 26 de abril de 2011

Historia: pasado, presente y futuro

La relación entre el pasado, el presente y el futuro es algo que debemos tener en cuenta al trabajar la Historia. Como ya estuvimos viendo, la Historia se ocupa del estudio del pasado de las sociedades humanas. Pero el pasado no puede pensarse como algo desconectado de los otros tiempos: el presente y el futuro.


El presente es el tiempo que estamos viviendo y –por lo tanto- es el tiempo desde el que estudiamos el pasado. Entonces, nuestros intereses y nuestras preocupaciones del presente influyen en nuestra forma de ver el pasado. Por ejemplo, al estudiar la Historia de la Antigua Grecia nosotros nos hacemos preguntas muy diferentes a las que se hacían los estudiosos de la Edad Media, o los hombres del Renacimiento.

El presente se proyecta hacia el futuro. Esto quiere decir que nuestras acciones presentes están orientadas hacia algo que queremos que pase en el futuro. Esto pasa en la vida cotidiana y también en el estudio de la Historia. Un buen ejemplo es una de las razones de para qué sirve estudiar Historia:

”Estudiamos Historia {el pasado} porque nos sirve para aprender {en el presente} de nuestros errores, para no volver a cometerlos {en el futuro}”.

Conocer estas problemáticas del pensamiento histórico y reflexionar sobre ellas, nos va a servir para organizar mejor la información y lograr una mejor comprensión de las sociedades que estudiemos.


Fuente: sobrehistoria.com

domingo, 17 de abril de 2011

Preguntas y respuestas de Historia

Hoy vamos a repasar algunas de las preguntas y respuestas de Historia más comunes. Y se trata justamente de la periodización temporal que se le ha dado al dividirlo en las diferentes Edades. Comenzamos con nuestro repaso.

¿Cuando comienza la historia?


Convencionalmente, los historiadores consideran el comienzo de la historia en el año 3.000 a.C., momento en el cual –aproximadamente- apareció la escritura en las antiguas civilizaciones mesopotámicas. El período de tiempo antes de 3.000 a.C se considera Prehistoria, y ésta se subdivide a su vez en Paleolítico, Mesolítico y Neolítico. Sin embargo, desde una visión más general en la que se considera a la historia como el estudio de las sociedades humanas del pasado, podemos remontarnos a la aparición de los primeros grupos humanos, hace alrededor de 2.5 millones de años, en los comienzos del Paleolítico. ¿En que períodos se divide la historia?


La historia (considerada desde 3.000 a.C. en adelante) se divide en 4 edades: Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea.


¿Cuando empieza y termina la Edad Antigua?


La Edad Antigua comienza también en 3000 a.C con la invención de la escritura (fecha aproximada). Finaliza en el año 476 d.C. con la caída del Imperio Romano de Occidente. Es el período más largo de la historia con 3476 años de duración y comprende las grandes civilizaciones de la Antigüedad: pueblos de la Mesopotamia, antiguo Egipto, Antigua Grecia y la civilización Romana.


¿Cuando empieza y termina la Edad Media?


La Edad Media comienza en el 476 (cuando termina la Edad Antigua), y se extiende hasta el año 1453 cuando ocurre la caída del Imperio Romano de Oriente (aunque algunos historiadores toman el descubrimiento de América en 1492 como fin). En Europa se caracteriza por el desarrollo del Feudalismo como sistema socioeconómico predominante.


¿Cuando empieza y termina la Edad Moderna?


¿Cuándo comienza y termina la Edad Moderna?


La Edad Moderna abarca desde 1453 hasta 1789, año en que se produce el estallido de la Revolución Francesa. Es el momento del surgimiento de los Estados Modernos, y de la transición entre el Modo de Producción Feudal y el Modo de Producción Capitalista, y finaliza con las llamadas revoluciones burguesas: la Revolución Industrial (fundamentalmente económica) y la Revolución Francesa (de tipo político).


¿Cuando empieza y termina la Edad Contemporánea?


La Edad Contemporánea comienza en 1789 con la Revolución Francesa y llega hasta nuestros días. Algunos historiadores han considerado que debido a los importantes cambios producidos en la última década (fin de la Guerra Fría, la Globalización y Revolución Tecnológica y en las Comunicaciones, entre otros) debería implementarse un nuevo período para distinguir estos tiempos, el más difundido es el de la Posmodernidad, pero no hay acuerdo entre los historiadores sobre esto.


Fuente: sobrehistoria.com


martes, 12 de abril de 2011

El cincuentenario del hombre en el espacio


El 12 de abril de 1961, una hora después del despegue de la cápsula 'Vostok-1' desde el cosmódromo de Baikonur (en el actual Kazajistán), la agencia oficial soviética Tass anunciaba al mundo que Moscú había enviado al primer hombre al espacio. A esas horas, Yuri Gagarin ya experimentaba en el espacio si los humanos podían comer, beber y moverse sin problemas, algo de lo que los científicos soviéticos no estaban seguros.


"Poiejali" ("en marcha") son las únicas palabras que Gagarin pronunció en el despegue, una operación durante la cual su peso se multiplicó por cinco. Poco antes, en su discurso desde la base, había dicho que aquel viaje representaba todo por lo que había vivido hasta entonces y que estaba orgulloso de encontrarse "con la naturaleza cara a cara".


Catorce minutos después del despegue, cuando el azul del cielo ya se había convertido en el negro del espacio, Gagarin comunicó al control de la misión en tierra que todo era normal y que la falta de gravedad no parecía tener efectos secundarios. Cuando la nave empezó a sobrevolar Africa, el piloto automático encendió los 'retro-motores', iniciándose así el peligroso regreso a la Tierra. En dos de las cinco pruebas efectuadas, los motores no habían funcionado correctamente, por lo que cabía esperar cualquier cosa en una reentrada atmosférica a 27.000 kilómetros por hora en la que la cápsula alcanzaría una temperatura de 1.000 grados centígrados.


Mientras atravesaba la atmósfera, Gagarin pudo ver llamas saliendo del 'Vostok', en cuyo interior la temperatura era de apenas 20 grados, mientras su peso se multiplicaba por diez. El paracaídas funcionó con normalidad, y el hombre "que más cerca había estado de las estrellas" aterrizó sano y salvo en Siberia tras una hora y 48 minutos de viaje.


En secreto En sus memorias, Gagarin recordaría que al sobrevolar el Atlántico pensó en su madre y en cómo reaccionaría al conocer la noticia. De hecho, como el resto del mundo, la madre de Gagarin desconocía el proyecto 'Vostok', que fue llevado en secreto hasta el mismo día del lanzamiento. Veinte jóvenes pilotos habían sido seleccionados en junio de 1969 entre 3.000 candidatos, grupo que después se redujo a seis personas, que participaron en un entrenamiento secreto que incluía gimnasia, paracaidismo, natación, el estudio de astronomía, medicina y geofísica, así como la experimentación en una 'centrifugadora' y en una maqueta de la cápsula.


Al parecer, Gagarin, piloto de las fuerzas aéreas de pequeña estatura (1'69) y mucha simpatía, destacó pronto entre sus compañeros, aunque no fue elegido definitivamente hasta el mismo mes del lanzamiento. Hasta entonces se habían realizado dos exitosas pruebas con maniquíes; uno de sus compañeros, Valentin Bondarenko, había muerto en un accidente en la cámara barométrica. Hasta el último momento el mando de la misión no se decidía entre Gagarin y Guerman Titov. Al parecer, el primero fue elegido principalmente por su extracción social, ya que el ser hijo de un carpintero y una ordeñadora le hacían ideal para encarnar al héroe soviético de origen humilde. Guerman Titov por el contrario, además de tener nombre alemán, era hijo de un profesor. Y como era de esperar, Gagarin se convirtió en un héroe nacional.


El propio presidente estadounidense, John Kennedy, reconoció su hazaña a pesar de que el viaje del 'Vostok' era la segunda bofetada a la carrera espacial americana, tras el lanzamiento del satélite artificial 'Sputnik' en octubre de 1957. Gagarin vio cómo se le dedicaban películas, canciones, monumentos e incluso una plaza en Moscú, y todos los niños rusos querían ser cosmonautas. Pero la fama tuvo un doble filo, ya que al héroe nacional se le prohibió cualquier actividad peligrosa que pudiera costarle la vida. Nunca volvió al espacio, y sólo en 1968 consiguió recuperar su licencia de piloto, que le había sido retirada.


Los peores augurios de Moscú se confirmaron, y Gagarin murió el 27 de marzo de aquel mismo año cuando el 'Mig-15' a reacción que pilotaba junto a un instructor se estrellaba al noroeste de la capital, hundiéndose seis metros en la tierra. En aquel lugar se levanta hoy un monolito rojo en su memoria y los restos del cosmonauta descansan en el muro del Kremlin. Desde entonces se multiplicaron las hipótesis sobre el accidente, e incluso algunos hablaron de un complot de la KGB para acabar con un símbolo que podía aspirar al poder político. La hipótesis más verosímil en la falta de experiencia del propio Gagarin con cazas a reacción, unida al mal tiempo que reinaba en la zona. El informe de las investigaciones oficiales ocupa 29 volúmenes.


Fuente:MU

sábado, 2 de abril de 2011

Los Héroes olvidados

A veintinueve años del 2 de Abril de 1982 y de la guerra librada con Gran Bretaña, la epopeya parece haber perdido vigencia
En aquellos momentos, el sentido patriótico de los argentinos pareció llegar a su máxima expresión, los ciudadanos portaban distintivos con los colores patrios, los edificios se encontraban embanderados y hasta los vehículos se se veían engalanados con cintas celestes y blancas.

Un pueblo preocupado, pendiente de todo tipo de información consumía con avidez las noticias sobre el desarrollo de los acontecimientos. En un sentimiento aunado se reflejaba el dolor ante la pérdida de valientes combatientes, hubo llanto ante la tragedia de quienes morían al servicio de la Patria o resultaban heridos, llenando de congoja a todo el país.

Con el paso de los días la lucha se tornó más cruenta y ante tanta sangre derramada se decidió la rendición, la desilusión se apoderó del cuerpo social y los nombres de los héroes se multiplicaron, siendo los momentos más difíciles la espera del retorno de las tropas donde reinaba la incertidumbre de familiares y amigos que querían saber la suerte corrida por sus seres queridos.

Con el correr se los años los argentinos parecen haber cubierto a los héroes con un manto de neblina, es más se podría decir que en este aniversario que recayó en el casi octavo año de este gobierno continuo que nos tocó en suerte o mejor dicho en desgracia, quienes lo ejercen intentaron anular la memoria, nunca en este tiempo de gestión los héroes recibieron el reconocimiento merecido, no solamente económico si no también moral y meritorio por tan valiente lucha, la que fuera reconocida internacionalmente incluso en las islas británicas, donde el mismo adversario condecoró con todos los honores a varios integrantes de las FFAA argentinas.

Un pueblo que no rinde culto a sus héroes, que olvida sus próceres, tradiciones podrá ser manipulado y ultrajado por cualquier mediocre.


Volver a los principios es la única forma de que la Patria sobreviva, este 2 de abril retiremos el manto de neblina, oremos por nuestros héroes y demos las gracias a los que se encuentran entre nosotros y a los que están cobijados bajo la tutela de Dios.

Fuente: La Historia Paralela

viernes, 11 de marzo de 2011

Mbororé; historia y leyenda

Esta acción bélica está considerada como la primera batalla naval en territorio nacional argentino. El encuentro había sido planeado por los misioneros guaraníes con la finalidad de detener y derrotar definitivamente a los bandeirantes. Tras varias horas de combate, la batalla quedó definida con una victoria guaraní. Luego vino la persecución implacable de los bandeirantes por los montes y las serranías de la región.

A comienzos del siglo XVII los holandeses se hacen presentes en tierras del Brasil con la firme decisión de tomar posesión de ellas. Comenzaron por controlar con acciones de piratería la navegación sobre la costa del Atlántico, perturbando seriamente el tráfico de esclavos. Ante la imposibilidad de importar negros desde el África, el indio, como potencial esclavo, cae en la mira de los hacendados o fazendeiros portugueses. Los habitantes de San Pablo, viendo esfumados sus sueños de hallar fabulosas cantidades de plata, comenzaron a avanzar hacia el interior desconocido del Brasil en busca de la plata, el oro y las piedras preciosas que no habían hallado en la región de Piratininga. En sus entradas cautivaron a los primeros indios, que fueron vendidos como esclavos a los hacendados de San Vicente por un muy buen precio. Comenzaron entonces a organizarse las bandeiras, expediciones para cazar esclavos. Estaban organizadas y dirigidas como una empresa comercial por los sectores dirigentes de San Pablo, y sus filas se integraban con mamelucos (hijos de blanco e india), indios tupíes y aventureros extranjeros que llegaban a las costas del Brasil a probar fortuna. En su avance hacia el occidente las bandeiras cruzaron el nunca precisado límite de Tordesillas, penetrando violentamente con sus incursiones en territorios de la corona española.

Indirectamente, los bandeirantes paulistas se convirtieron en la vanguardia de la expansión territorial portuguesa hacia los territorios hispánicos. En su constante búsqueda de indígenas, los bandeirantes llegaron a la zona oriental del Guayrá, en momentos en que los Padres de la Compañía de Jesús se hallaban en plena tarea de catequización de los guaraníes. En un primer momento respetaron a los indios reducidos en pueblos por los jesuitas y no los cautivaban. Pero los miles de guaraníes, concentrados en pueblos, mansos y diestros en diversos oficios, eran una tentación en la perspectiva de los bandeirantes, más aún cuando se hallaban indefensos, desarmados y desprotegidos militarmente.

Entre los años 1628 y 1631 los bandeirantes Raposo Tavares, Manuel Preto y Antonio Pires, con sus huestes, azotaron periódicamente las reducciones del Guayrá, cautivando miles de guaraníes que luego eran subastados en San Pablo. En la entrada de los años 1628-1629 los paulistas habían cautivado 5.000 indios de las reducciones, pero únicamente 1.500 llegaron a San Pablo, el resto había perecido en el trayecto víctima de la brutalidad de los esclavistas, los que simplemente ejecutaban a quienes no estaban en condiciones físicas de continuar la marcha. En el año 1632 el Guayrá era un territorio desierto con pueblos destruidos y abandonados. Burlados por los 12.000 guaraníes que marcharon hacia el sur en busca de refugio, los bandeirantes continuaron hacia el occidente asolando las reducciones del Itatín en el año 1632. Luego siguió el Tapé, invadido durante los años 1636, 1637 y 1638 por sucesivas bandeiras dirigidas por Raposo Tavares, Andrés Fernández y Fernando Dias Pais.

Armas de fuego para los guaraníes

Traslados forzados de pueblos completos, miles de muertos y desaparecidos, familias destruidas, huérfanos, viudas, tullidos, hambruna, eran algunos de los rastros que dejaban las incursiones bandeirantes. En los sobrevivientes, asentados entre los ríos Paraná y Uruguay, el deseo de tomarse venganza por los atropellos sufridos se acrecentaba. ¿Pero cómo? ¿Podían acaso hacer frente los guaraníes con sus arcos y flechas a las armas de fuego de los bandeirantes? El Guayrá se había perdido, el Itatín y el Tapé también. ¿Se perderían del mismo modo los pueblos del Paraná y los occidentales del Uruguay?

Para los Padres jesuitas y los principales caciques de los pueblos la única opción era presentar batalla a los bandeirantes. Para ello, previamente habría que poner armas de fuego en manos de los guaraníes, algo que parecía muy temeroso y de mucho riesgo para las autoridades coloniales hispánicas. En el año 1638 los Padres Antonio Ruiz de Montoya y Francisco Díaz Taño viajaron a España con el objetivo de dar cuenta al rey Felipe IV de los dramáticos sucesos que se vivían en las misiones. Dice al respecto el P. Ruiz de Montoya: “Lo primero que le dije (a su Majestad) fue cómo los Portugueses y Holandeses le querían quitar la mejor pieza de su Real corona, que era el Perú, sobre que desde esas regiones había dado voces en estas partes, y por ser tanta la distancia, no había sido oído, que tres cartas mías había en el Consejo que había avisado, pero no se trataba de remedios hasta que el deseo de haberle, me había obligado a caminar tantas leguas; y con un báculo en la mano, muriéndome, como Su Majestad veía, había venido a sus reales pies a pedir remedio de males tan graves como prometía la perfidia de los rebeldes, que ya por San Pablo acometían al cerro de Potosí; cuya cercanía, agravios, muertes de indios, quemas de iglesias, heridas de sacerdotes, esclavitud de hombres libres, daban voces. Y por que a las mías diese crédito, había hecho dos memoriales impresos, que si Su Majestad se servía por ellos los ojos, se lastimaría su Real corazón, y movería el amor de sus vasallos al remedio”.

El P. Ruiz de Montoya realizó un total de doce peticiones al rey Felipe IV. Se referían a la necesidad de proteger a los indígenas y tomar las medidas que hicieran falta para penalizar a aquellos que los esclavizaban. Recordemos que en aquel momento las coronas de Portugal y España estaban unificadas en la figura del rey español. Las recomendaciones del P. Montoya fueron aceptadas por el Rey y el Consejo de Indias, expidiéndose varias Cédulas Reales, despachándoselas a América para su cumplimiento. Sin embargo no hubo una resolución respecto a la petición de suministrar a los guaraníes armas de fuego para su defensa. El P. Montoya prosiguió las gestiones sin desalentarse, hasta que el 21 de mayo de l640 se emitió la Real Cédula por la que se permitía que los guaraníes tomaran armas de fuego para su defensa, pero siempre que así lo dispusiera previamente el Virrey del Perú. Por este motivo el P. Montoya partió de España hacia Lima, con la finalidad de continuar allí las gestiones referidas a la provisión de armas.

Quizá nadie como el P. Montoya haya percibido con tanta claridad las implicancias trágicas que tendría una entrada bandeirante hacia el occidente del río Uruguay. La pérdida de las misiones paranaenses y uruguayenses dejaría expuestas a los portugueses las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes, Asunción, y con ello, los territorios coloniales hasta el Perú. De hecho, las misiones del Orinoco, Moxos, Chiquitos y Guaraníes formaban en la geografía sudamericana un gigantesco arco que actuaba como barrera ante el avance territorial portugués hacia el occidente.

La prueba de Apóstoles de Caazapaguazú

A finales de diciembre de 1638 el Padre Diego de Alfaro cruzó a la banda oriental del río Uruguay con un buen número de indios armados y adiestrados militarmente, con la intención de recuperar indígenas y eventualmente enfrentar a los bandeirantes que merodeaban por la región. Los Padres jesuitas no esperaron el resultado de las gestiones del P. Montoya en España para obtener las armas de fuego. Ante el peligro inminente de que los bandeirantes cruzaran el río Uruguay, el Padre Provincial Diego de Boroa, con la anuencia del Gobernador y de la Real Audiencia de Chiquisaca, decidió que las tropas misioneras utilizaran armas de fuego y recibieran instrucción militar. Además, desde Buenos Aires se enviaron once españoles para organizar militarmente a los guaraníes y dirigirlos en las acciones bélicas. Estos españoles se incorporaron cuando los guaraníes ya estaban en plena campaña en la banda oriental del río Uruguay. Luego de algunos encuentros de resultado indeciso con los bandeirantes, a las tropas del P. Alfaro se le sumaron mil quinientos guaraníes que venían dirigidos por el P. Romero. Se formó entonces un ejército de 4.000 misioneros, a los que se añadieron los once militares enviados desde Buenos Aires. Las fuerzas guaraníes llegaron a los campos de la arrasada reducción de Apóstoles de Caazapaguazú dispuestas a dar batalla a los bandeirantes paulistas que se hallaban fortificados tras una empalizada, sitio en el que se habían refugiado luego de varias derrotas parciales. Los bandeirantes, viéndose perdidos, se rindieron y pidieron la paz, pero sólo para ganar tiempo y huir precipitadamente. La conclusión que obtuvieron los Padres de la Compañía de Jesús resultó inédita y asombrosa: los guaraníes podían organizarse militarmente y constituir excelentes milicias, y las bandeiras eran vulnerables, podían ser enfrentadas y vencidas en un campo de batalla.

Los paulistas preparan su venganza

Los bandeirantes, humillados en su soberbia en los campos de Caazapaguazú, regresaron a San Pablo maquinando una cruel venganza sobre los guaraníes y jesuitas. Para peor humillación, a mediados del año 1640 llegó a San Pablo el Padre Francisco Díaz Taño procedente de Madrid y Roma. Traía en su poder Cédulas Reales y Bulas pontificias que condenaban severamente a las bandeiras y al tráfico de indios. La ira se desató en la Cámara Municipal de San Pablo, la que de común acuerdo con los principales financistas de las bandeiras, expulsó a los jesuitas que se hallaban en la ciudad. Se organizó entonces una temerosa bandeira. Dirigidos por el experimentado Manuel Pires, se prepararon 450 hombres armados con arcabuces y 2.700 indios tupíes amigos, cargados de arcos y flechas, más 700 canoas y balsas para el transporte. El objetivo era caer violentamente sobre las reducciones occidentales del Uruguay y del Paraná y capturar el mayor número posible de indios, con la finalidad de volver a convertir a las bandeiras en una empresa redituable.

Los misioneros se preparan para dar batalla

Dice el Padre Nicolás del Techo: “... el Uruguay andaba perturbado. Anuncióse que los mamelucos se movían, y preparaban la guerra contra los neófitos del Paraná y Uruguay. Tocóse alarma en las reducciones, y se acordó que juntos los de ambos ríos procurasen rechazar a los invasores y acabar la contienda con sólo una batalla”. Se constituyó un ejército de 4.200 guaraníes, armados con arcos y flechas, hondas y piedras, macanas y garrotes, alfanjes y rodelas, y 300 arcabuces, además de un centenar de balsas armadas con mosquetes y cubiertas para evitar la flechería y la pedrada de los tupíes. La instrucción militar de los guaraníes estuvo a cargo de ex militares que integraban la Compañía de Jesús, tal el caso de los Hermanos Juan Cárdenas, Antonio Bernal y Domingo Torres, mientras que la comandancia general de las fuerzas, por disposición del Padre Provincial Diego de Boroa, quedó a cargo del Padre Pedro Romero, sacerdote que había tenido una meritoria actuación en la batalla de Caazapaguazú. En la organización y dirección de las acciones estaban los Padres Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo Suárez, mientras que el Padre Superior, Claudio Ruyer, recuperándose de una dolencia, seguía los preparativos desde el pueblo de San Nicolás, ubicado en cercanías de San Javier. Los guaraníes fueron organizados en compañías dirigidas por capitanes. El capitán general fue un renombrado cacique del pueblo de Concepción, Don Nicolás Ñeenguirú. Le seguían en el mando los capitanes Don Ignacio Abiarú, cacique de la reducción de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá, Don Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás, y el cacique Arazay, del pueblo de San Javier. La reducción de la Asunción del Acaraguá, ubicada sobre la orilla derecha del río Uruguay, en una loma cercana a la desembocadura del arroyo Acaraguá, es trasladada y reubicada por precaución río abajo, cerca de la desembocadura del arroyo Mbororé en el río Uruguay. De ese modo la reducción quedó convertida en centro de operaciones y en el cuartel general del ejército guaraní misionero. Simultáneamente se establecieron varios puestos de guardia con espías en diversos sitios sobre la orilla derecha del río Uruguay, hasta los saltos del Moconá. La principal guardia quedó establecida en el sitio de la abandonada reducción del Acaraguá, a cargo del P. Mola con un grupo de indios armados.

El avance de la bandeira

Las fuerzas bandeirantes comandadas por Manuel Pires y Jerónimo Pedrozo de Barros partieron de San Pablo en el mes de septiembre del año 1640. La bandeira cruzó el curso del río Iguazú y estableció un campamento en las nacientes del río Apeteribí, un afluente del río Uruguay. En el sitio se construyeron empalizadas, pensando en los numerosos indios cautivos que habrían de mantener prisioneros al regreso. Siguió su marcha la bandeira bordeando el curso del río Apeteribí, hasta llegar a su desembocadura en el río Uruguay. Allí se estableció otro campamento y se alzaron más empalizadas, mientras que los tupíes se abocaron a la tarea de construir canoas, balsas, arcos y flechas. A partir de este sitio, el río Uruguay sería la ruta que llevaría a los bandeirantes directamente a los pueblos misioneros. Al tiempo que el grueso de la bandeira se alistaba, un grupo explorador dejó el campamento de la desembocadura del Apeteribí y se trasladó por el río Uruguay hacia el Acaraguá, con la finalidad de realizar un reconocimiento. Halló la reducción totalmente abandonada y decidió fortificar el lugar con empalizadas para acondicionarlo como cuartel y base de operaciones de las fuerzas bandeirantes. Ignoraba que hasta algunos días antes de su arribo, en ese sitio se hallaba el P. Cristóbal Altamirano con 2.000 acantonados, quienes –informados de la proximidad de la fuerza de observación bandeirante– abandonaron el Acaraguá para reunirse con el grueso de la tropa en Mbororé.

El esperado encuentro de Mbororé

Una creciente del río Uruguay ocurrida en el mes de enero de 164l trajo por arrastre un gran número de canoas “... acabadas de escoplear para balsas y mucha flechería”, según el relato del P. Superior Claudio Ruyer. Ante la sospecha que la bandeira estaba aproximándose, el Padre Ruyer envió una fuerza de 2.000 guaraníes al Acaraguá. Como allí no hallaron a ninguna fuerza portuguesa procedieron a destruir todo aquello que pudiera servirles de abastecimiento en caso de que llegaran. Al mismo tiempo, el P. Ruyer envió a los Padres Cristóbal Altamirano, Domingo de Salazar, Antonio de Alarcón y al Hermano Pedro de Sardoni, junto con un buen número de guaraníes, en una misión exploradora. Dice el relato del P. Superior al respecto: “... fueron los Padres y por el camino luego encontraron algunos cuerpos muertos y algunos daban muestras de haber muerto pocos días antes según estaban de frescos, gran cantidad de flechas, canoas que se cruzaban rodando y sobre todo encontraron más de diez o doce balsas hechas de unas cañas de la tierra que los indios llaman taquaras muy bien hechas y acabadas. Con esto los Padres discurrieron la cercanía del enemigo ...”. En el trayecto llegaron hasta la misión exploradora algunos indios que habían huido de los bandeirantes. Estos informaron a los Padres acerca de aspectos tan importantes como el número, posición e intenciones del enemigo. Con información más certera sobre la situación, se dispuso el repliegue de los 2.000 guaraníes del Acaraguá hacia la base de Mbororé. Como ya hemos mencionado, al retirarse las tropas guaraníes del Acaraguá, una partida portuguesa llegó hasta el lugar, construyó empalizadas y luego se retiraron para reunirse con el grueso de la bandeira. Entonces una pequeña partida misionera se estableció nuevamente en el Acaraguá en misión de observación y centinela. El día 25 de febrero llegaron hasta el puesto de observación dos indios fugitivos de los portugueses. Llevados ante el P. Cristóbal Altamirano, le informaron con certeza del avance de la bandeira paulista. El P. Altamirano dispuso que partieran ocho canoas desde el Acaraguá, río arriba, en reconocimiento. A pocas horas de navegar, cuando amanecía y el sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte, las ocho canoas de la avanzada misionera se encuentran frente a frente con la bandeira que silenciosamente venía bajando con la corriente del río con sus trescientas canoas y balsas pertrechadas. Inmediatamente seis canoas con ágiles remeros tupíes salieron en persecución de los misioneros, quienes comenzaron a replegarse velozmente hacia el Acaraguá. Al aproximarse al puesto de avanzada, los guaraníes recibieron refuerzos y las canoas bandeirantes debieron replegarse al ser atacadas con una descarga de arcabuces. El grueso de la tropa bandeirante, que no estaba lejos, según lo relata el P. Ruyer: “... por temor de alguna celada disparó toda su arcabucería; enarboló sus banderas; tocó sus cajas y entró por una tabla que hay de río por allí en forma de guerra”. Repentinamente, un gran aguacero se desplomó sobre el río y la selva, obligando a ambos grupos a buscar resguardo. Mientras algunos guaraníes permanecían en el cuartel del Acaraguá, el P. Altamirano, con otros indios, descendió hasta el cuartel de Mbororé para alertar sobre la presencia inmediata del enemigo. Durante la noche, momento en que el temporal se detuvo, los bandeirantes prepararon el asalto al puesto del Acaraguá. Al amanecer, cuando pretendieron ejecutarlo, fueron sorprendidos por los guaraníes bajo la dirección de Ignacio Abiarú. Doscientos cincuenta misioneros distribuidos en treinta canoas, enfrentaron en aguas del río Uruguay a más de cien canoas tripuladas por bandeirantes, frente al puesto del Acaraguá. Cuando la batalla naval llevaba ya más de dos horas, “... llegó el P. Altamirano –narra el P. Ruyer– animando de nuevo a los indios que alentándose de nuevo dieron sobre el enemigo y le hicieron huir infamemente más de ocho cuadras, y saltaron a tierra no queriendo pelear más, aunque le desafiaron e incitaron muchísimo los nuestros.” El P. Cristóbal Altamirano comprendió que atacar a la reducida avanzada de los portugueses en el Acaraguá no sería de gran provecho, ni aun cuando se obtuviera una victoria. Los misioneros buscaban una batalla total, en un sitio elegido inteligentemente. Ese sitio era Mbororé, una zona muy favorable para los misioneros, por estar establecido allí el cuartel y porque desde el lugar era posible una rápida comunicación con los pueblos, en caso de necesidad de suministros o de una eventual retirada. La elección del sitio de la espera no fue casual, “la vuelta de Mbororé” es un recodo del río Uruguay, cuyas orillas estaban cubiertas con una espesa selva en galería. Estar allí era flotar entre dos murallas vegetales, lo cual obligaría a los bandeirantes a una batalla frontal. Ante la retirada de las tropas misioneras hacia Mbororé, los bandeirantes se establecieron el 9 de marzo en el puesto del Acaraguá con la finalidad de abastecerse de comida y organizarse para el ataque a los pueblos. La situación se les tornó crítica, pues los guaraníes antes de retirarse habían destruido todo lo que les hubiese servido, incluyendo los cultivos que existían en las chacras de los alrededores. En el Mbororé durante los días 9 y 10 de marzo los Padres y los capitanes guaraníes se dedicaron a preparar a la fuerza de cuatro mil doscientos indios para la batalla final. Mientras que los Padres se dedicaron día y noche a confesar a todos los soldados, los Hermanos y capitanes caciques planificaban el ataque. El 11 de marzo los bandeirantes decidieron abandonar el Acaraguá y bajar hacia Mbororé. Probablemente intuían el peligro que les acechaba y se encontraban presa del miedo en una zona que no conocían bien, tan lejana de San Pablo. En dos oportunidades avanzaron por más de una legua por el río, para volver nuevamente al Acaraguá, por temor a una emboscada. Finalmente las 300 canoas y balsas avanzaron lentamente, dejándose llevar por la corriente del río. Sesenta canoas con cincuenta y siete arcabuces y mosquetes, comandadas por el capitán Ignacio Abiarú, los esperaban en el río, en Mbororé. En tierra, miles de indios se habían apostado con arcabuces, arcos y flechas, hondas, alfanjes, garrotes. A las dos de la tarde, dice el P. Ruyer, “...comenzó a descubrirse por una punta del río la armada enemiga, que venía ostentando su poder y arrogancia...”. Inmediatamente las canoas guaraníes se pusieron en formación de guerra. En medio del río Uruguay chocaron violentamente canoas y balsas, bajo una lluvia de flechas, piedras y tiros de arcabuces y mosquetes. Desde las empalizadas emplazadas en la orilla se disparaba también sobre el enemigo, en un juego de doble ataque, fluvial y terrestre. El resultado de la batalla prontamente fue favoreciendo a los guaraníes. Algunos portugueses arrimaban sus canoas a la costa y huían a la selva, otros arrojaban sus armas al río para que no cayeran en manos de los guaraníes y, tomando los remos, se apresuraban a retroceder. Una partida bandeirante dirigida por el Capitán Pedrozo bajó a tierra con el objetivo de atacar las empalizadas guaraníes, siendo repelido exitosamente. Con las últimas luces del día los bandeirantes retroceden en desorden, por el río y por la costa, hasta llegar en la noche a una chacra que había pertenecido a la reducción del Acaraguá, ubicada sobre la orilla derecha del Uruguay. Allí, en una loma, durante toda la noche se dedicaron a levantar empalizadas. Al amanecer del día siguiente, el 12 de marzo, los guaraníes se presentan ante la improvisada fortificación de los portugueses y los incitan a presentar batalla, pero éstos no salen. Luego de algunas horas de espera el jefe bandeirante, Manuel Pires, envió una carta a los Padres jesuitas. Solicitaba el cese de las hostilidades y pedía el diálogo, asegurando que venían en son de paz, únicamente a buscar noticias sobre algunos portugueses desaparecidos. La carta fue leída por los Padres y rota delante de las tropas guaraníes, determinándose en el acto el asalto a la empalizada bandeirante. Durante los días 12, 13, 14 y 15 de marzo los misioneros bombardearon continuamente la fortificación con cañones, arcabuces y mosquetes, tanto desde posiciones terrestres como fluviales, sin arriesgar un ataque directo. Sabían que los bandeirantes no tenían alimentos ni agua y que estaban totalmente aislados en su empalizada. Además, continuamente durante aquellos días, se producían deserciones de tupíes de las filas bandeirantes, los que se incorporaban a las fuerzas misioneras y suministraban información sobre la situación del enemigo. El día 16, a las once de la mañana, los portugueses mandaron en un pequeño bote con una banderita blanca otra carta pidiendo el cese del fuego y ofreciendo una rendición. Ésta también fue rota por los guaraníes. En un acto de desesperación los bandeirantes se lanzaron en sus canoas y balsas al río bajo una lluvia de municiones, flechas y piedras, dispuestos a remontarlo hasta las empalizadas del Acaraguá. La operación resultó un desastre, pues río arriba, en la desembocadura del Tabay, dos mil guaraníes los esperaban fortificados para impedirles la fuga. Cuando los bandeirantes llegaron al lugar comprendieron que se hallaban acorralados. Entonces mandan una tercera carta, flotando en una pequeña calabaza, la que los indios dejan pasar con la corriente del río sin recogerla. Comenzaron a surgir entonces, entre las huestes bandeirantes, las primeras disensiones respecto a lo que había que hacer. Las deserciones aumentaban, y el miedo y la desesperación ante el hecho inevitable de caer en manos de los guaraníes terminaron por quebrar la relativa cohesión que hasta aquél momento había mantenido la fuerza. Sin posibilidades de organizarse para presentar batalla, optaron por retroceder hasta el Acaraguá, ganar la costa derecha del río e internarse en el monte. Comenzó allí una cruel persecución por la selva. Los portugueses trataban de llegar hasta los saltos del Moconá, para desde allí alcanzar el campamento que habían dejado en la desembocadura del Apeteribí. Los misioneros no les dieron tregua en todo el trayecto. Miles murieron en el monte en manos de los guaraníes, y víctimas del hambre y de las fieras. La victoria había sido absoluta y aplastante. La derrota, para los bandeirantes, terrorífica. Finalizada la batalla, los misioneros rezaron una misa y un solemne Te Deum. La batalla de Mbororé cerraba un ciclo de la historia misionera y abría otro, el de la consolidación territorial de las misiones jesuíticas.

Fuente: http://www.oni.escuelas.edu.ar/










lunes, 28 de febrero de 2011

Carmen de Patagones, otra batalla olvidada

Los antecedentes de esta batalla se pueden remontar a septiembre de 1816, cuando el Marquéz de Laguna, Carlos F. Lecor, invade la Banda Oriental con casi 10.500 hombres, continuando con la política expansionista de los portugueses sobre los dominios españoles iniciada en el siglo XVI.
La reacción del gobierno de las Provincias Unidas fue solamente la de realizar protestas diplomáticas, encontrándose encarando de lleno la guerra por la independencia. En septiembre de 1922 se inicia el proceso de independencia del Brasil, consagrando a Pedro I emperador del Brasil en octubre de ese mismo año. Más de un año antes un congreso títere convocado por Lecor en la Banda Oriental proclamó como provincia Cisplatina del Brasil a dicho territorio.
En abril de 1825, partiendo dese San Isidro, Lavalleja y Oribe inician la gesta de los 33 Orientales, con el fin de sublevar a la población. El 25 de agosto de 1825, convocan un congreso reunido por Lavalleja en la Florida, declara la independencia de Brasil y la reincorporación a las Provincia Unidas. Luego de esto los orientales vencen a las tropas imperiales en Rincón de las Gallinas el 24 de septiembre y en Sarandí el 12 de Octubre de 1825. Juan G. de Las Heras, gobernador de Buenos Aires y encargado de Relaciones Exteriores de las Prov. Unidas, dispuso el aumento de las tropas y nombró a Carlos María de Alvear Comandante en jefe del Ejército, comprendiendo que los hechos que se iban sucediendo desembocarían en una guerra con el Imperio del Brasil. Esto se concreto el 10 de diciembre de 1825, cuando Brasil declaró la guerra a las Provincias Unidas del Río de la Plata, quienes respondieron el 1 de enero de 1826. Desde el 21 de diciembre la flota imperial bloqueó todos los accesos a los puertos del Río de la Plata. A partir de aquí comienza la guerra contra Brasil, el 13 de enero de 1826, se nombra a Guillermo Brown comandante de la Marina Republicana, a lo largo de este año se libran una serie de batallas pero ninguna decisiva. 1827 comenzó con la Batalla de Juncal, el 8 de febrero, donde G. Brown destruyó la escuadra al mando de Jacinto Roque de Senna Pereyra.
En la Batalla de Bacacay, Juan Lavalle, derrota a Bentos Manuel, luego de retirarse, las tropas imperiales se rehacen y contraatacan, el general Lucio Mansilla es enviado por Alvear en auxilio de Lavalle, en Arroyo Ombú, Mansilla con sólo 350 hombres derrota a los más de 1.100 de Bento Manuel Riveiro. Esto privó a las tropas del Imperio de fuerzas que necesitaría en la batalla que se avecinaba. El 20 de febrero de 1828 se libra la Batalla de Ituzaingó, donde el ejército Nacional al mando de C. M. de Alvear derrota a las fuerzas del Marquéz de Barbacena infringiéndole 1.150 bajas, entre muertos, heridos y prisioneros.
Estos hechos inclinaron la balanza hacia el lado republicano, por esto las autoridades del Brasil buscan la forma de revertir la situación. La disparidad de fuerzas, abrumadoras a favor del Imperio no habían logrado cosechar triunfos, la derrota en Juncal dañó el prestigio del Almirante Rodrigo Pinto Guedes, era por esto necesario restablecer la confianza en el poderío naval del Brasil. Comenzó entonces a planearse la invasión a Carmen de Patagones.
Este poblado era utilizado por los corsarios como base de aprovisionamiento y reparación, lejos del puerto de Buenos Aires y del bloqueo de las naves brasileras, lo que les permitía actuar con total impunidad contra el comercio del imperio, causando prejuicios económicos enormes. La segunda parte del plan de invasión preveía, luego de la ocupación, llevar adelante tratados con los indígenas, para abrir un nuevo frente de guerra para las Provincias Unidas.
Hacia finales de 1825, el gobierno le encarga al Coronel de Campaña Juan Manuel de Rosas, la realización de un tratado con las tribus locales, buscando la paz y que se sumaran a la defensa del territorio nacional.
Esto estaba plagado de complicaciones ya que las campañas llevadas a cabo por Martín Rodriguez en años anteriores habían dejado muy irritados a los jefes indigenas. Ante la desconfianza de los naturales Rosas preparó una reunión en Tandil a la concurre sólo. En “Vida de Juan Manuel de Rosas” Manuel Gálvez relata: Rosas en un inaudito acto de valor, se presenta sólo. Pero él conoce a los indios, sabe que apareciendo sin comitiva demuestra confianza en ellos y propósitos de paz. Rosas asiste a la llegada espectacular de algunos caciques al son de cornetas y bocinas, paso a paso y con numerosas comitivas. Cuando están a doscientos metros del lugar donde se celebraría el parlamento, gritan salvajemente, corren de un lado a otro en desorden y simulan un combate alrededor de su cacique. Luego forman en batalla. Bello espectáculo que millares de bárbaros, todos a caballo, ordenados como ejército, en la vasta extensión pampeana. Tras escuchar los reclamos de los indios, Rosas prometió un tratado con el gobierno de Buenos Aires. Viajó de inmediato y expuso ante el gobierno los reclamos, este formó una comisión al mando del propio Rosas, del Coronel de Coraceros Juan Galo Lavalle y del ingeniero Felipe Senillosa, para la demarcación de la frontera. En la estancia “Los Cerrillos” propiedad de Rosas se firmó el Tratado, asegurando la frontera con los naturales, el 31 de octubre de 1825.
Esto no hizo desistir a los brasileros de tratar de lograr una alianza con los indígenas, pues no todos los caciques aceptaron. Esto sumado a los informes de inteligencia que comunicaban que Carmen de Patagones contaba con escasas fuerzas y no pasaba de ser un asentamiento, confió a las autoridades del Brasil, en que la victoria era posible y sencilla. Se alistó una división compuesta por las corbetas Duquesa de Goyaz e Itaparica, el bergantín goleta Escudero y la goleta Constancia al mando del capitán de fragata James Shepherd. Estas naves sumaban 55 piezas de artillería y embarcaron cerca de 400 infantes de línea junto a los 254 marineros, en total 654 hombres; partieron desde Maldonado en la Banda Oriental y llegaron a Carmen de Patagones el 25 de febrero de 1827.
El poblado de Carmen de Patagones contaba en ese tiempo con alrededor de 500 habitantes, casa de adobe, con un fuerte construido sobre una lomada que baja al río, piso de arena y solo tres lados ya que el cuarto debía ser ocupado por el cabildo que no llegó a construirse, construidas de adobe y tosca, de tres varas y media de alto y una vara y media de ancho. Las fuerzas militares a cargo del coronel Martín Lacarra, quien había pedido constantemente refuerzos a Buenos Aires, contaba apenas con 144 infantes y un escuadrón de 80 vecinos y 20 gauchos para caballería, organizados por el coronel Felipe Pereyra. Los pedidos de Lacarra se vieron corroborados cuando la nave imperial Rio da Prata persiguió hasta el poblado al corsario Lavalleja, tras capturarlo e intentar salir del río, fue tomado por hombres de la guarnición, el botín que traía el Lavalleja entre los que se encontraban negros que iban a ser destinados a esclavos, fueron liberados y participarían luego en la defensa de la ciudad. A estas fuerzas se sumaban los tripulantes de la fragata Chacabuco, en reparación en el puerto, al mando de Santiago Jorge Bynon. Lacarra dispuso dado el estado del buque que se desembarcaran los cañones y se instalaran en el fuerte. Se encontraban en el puerto también al momento de la llegada de las naves imperiales, el bergantín Oriental Argentino del capitán Pedro Dautant y las balleneras Hijos de Julio e Hijos de Mayo, las goletas Emperatriz y Chiquilla presas de los corsarios y la zumaca Bella Flor. En total alrededor de 200 hombres más. En Punta Redonda se había establecido una batería con cuatro cañones y cuarenta proyectiles servida por los esclavos liberados y dirigida por el coronel Felipe Pereyra.

El 28 de febrero las fuerzas imperiales comenzaron las operaciones ofensivas. La Itaparica y el Escudero avanzaron intercambiando disparos con la batería de Punta Redonda. Los siguió la corbeta Duquesa de Goyaz, al desconocer los capitanes brasileros la barra del río, la corbeta quedó varada y fue destruida por el viento y el oleaje, la Constanza estuvo a punto de varar también pero pudo zafarse. El hundimiento de la Duquesa le costó entre 35 y 40 muertos, siendo el resto rescatados por los otros buques. La batería de Punta Redonda batió a la flotilla hasta agotar la munición y se retiraron. Los imperiales desembarcaron, desmontaron los cañones y volvieron a embarcar. El 29 volvieron a desembarcar, pero desconociendo la zona se perdieron y una partida de caballería aprovechó esto para quemar sus botes y víveres en la playa quedando aislados. Shepherd avanzaba lentamente debido al desconocimiento del río y a la suerte corrida por la Duquesa de Goyaz. Lacarra aprovechó esto para convocar un consejo de guerra en el que se decidió pasar a la ofensiva. Decidieron acantonar una parte de los infantes en el fuerte y el resto embarcarlo en las naves corsarias para atacar a la división invasora. Mientras tanto partidas de caballería patrullarían la costa en previsión de nuevos desembarcos y aprovechando su movilidad y conocimiento del terreno hostigar a los imperiales.. El 6 de marzo Bynon acompañado por el práctico White realizó un reconocimiento de los buques enemigos y consideró posible una acción contra ellos. Mientras tanto Shepherd considerando el lento avance por el río y las varaduras que se sucedían una tras otra, decidió desembarcar con unos 323 hombres a cuatro leguas y media del poblado.

Envió una proclama a la población que decía: “Nos han conducido a este punto las ideas más puras, pero son Uds. Quienes han iniciado las hostilidades. Hemos probado nuestra generosidad respetando vuestras propiedades, en las dos márgenes del río, que poseíamos con mucha superioridad, pero vuestra resistencia va a encaminarlos a la ruina. Permaneced tranquilos en vuestros hogares, vuestras personas y propiedades serán respetadas, caso de acceder a mi justa solicitud, pero en caso contrario incendiaré vuestras habitaciones. Capitán James Shepherd.” Creo que se puede deducir el origen de este “noble señor”.
Una de las partidas de caballería detecta el desembarco e informa a Lacarra. Shepherd, con sus hombres toman a algunos baqueanos para que los guíen, estos guían a los imperiales a través de los médanos y dando grandes rodeos. Luego de hacerlos marchar varias horas, en plena oscuridad, Shepherd y sus tropas llegan el 7 de marzo a la madrugada al Cerro de la Caballada, ahí se percata que la posición está mejor defendida de lo que le habían informado. Desde el fuerte abren fuego de fusilería y cañones sobre las tropas. Shepherd cae muerto con uno de los primeros disparos. Mientras tanto el subteniente Sebastián Olivera con la caballería gaucha ataca los flancos. Sin su jefe los infantes se retiran hacia la costa pero son sorprendidos en unos pastizales secos por la caballería que incendia dicho lugar. Para completar el cuadro, las naves hacia las que huían estaban tomadas por los corsarios. Luego de esto y sin posibilidad de lucha, se rinden 11 oficiales y 312 soldados. Mientras esto sucedía en tierra, Bynon a bordo de la zumaca Bella Flor y Dautant en el Oriental Argentino, Harris en la Goleta corsaria Emperatriz y Soullin en la Chiquilla, atacan los buques brasileros. Bynon toma al Escudero y muere en esta acción su capitán el francés Clemente Pouthier. Harris cobligó a rendirse a la Constancia y la Itaparica trató de escapar pero fue atacada y capturada por los corsarios. En esta batalla Juan Bautista Thorne, futuro héroe de la Vuelta de Obligado sería el primero en saltar a la cubierta de la Itaparica y arriar su pabellón.
El recuento final de la batalla dejó un saldo de: 7 banderas, 28 cañones, 1 capitán teniente, 4 tenientes primeros, 10 ttes. segundos, 1 alférez, 2 guardiamarinas, 4 primeros pilotos, 3 comisarios, 3 médicos, 3 escribanos, 532 marineros e infantes, además de 3 buques, el Escudero, el Constancia y el Itaparica. 346 fusiles con bayoneta, 280 sables de abordar, 38 pistolas y numerosos pertrechos capturados. Los muertos ascendieron a 56 del bando imperial y 6 heridos.
Los defensores tuvieron 4 muertos y 13 heridos además de perder 4 cañones de la Batería de Punta Redonda. Los buques capturados fueron renombrados y pasaron a integrar la escuadra republicana. El Itaparica se denominó Ituzaingó, el Escudero en Patagones y la Constancia llevó el nombre de Juncal.
Las noticias llegaron a Buenos Aires, pero no tuvieron la repercusión que merecían al estar inmersos en la guerra civil desata por los desaciertos de Rivadavia. La derrota en Patagones trajo consigo un aumento en las acciones de los corsarios sobre el comercio imperial. El 20 de octubre de 1827, tres nuevos buques imperiales se presentaron ante Carmen de Patagones, la integraban la corbeta Masayo de 21 cañones y los bergantines Independenza y Caboclo de 14 y 12 cañones, al mando del capitán Eyre, segundo de Shepherd. La Masayo y el Independenza quedaron varados siendo hundidos por los fuertes vientos y los cañones de los defensores, muriendo 50 de sus tripulantes y quedando prisioneros 80 entre jefes, marinos e infantes. El Caboclo logró escapar. En la catedral de Carmen de Patagones aún se conservan dos de las banderas tomadas en el primer ataque.

Fuentes: Historia de la Guerra del Brasil, Amadeo Baldrich, Eudeba, 1975
Carmen de Patagones, la invencible, Revista Todo es Historia Nº 12 Scenna Miguel Angel.



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